La mayoría de gente vive la transición del 31 de diciembre al 1 de enero como un punto de inflexión, un momento en que todo puede cambiar. Se hacen propósitos, se planifican tareas, se hacen listas con deseos…

Pero el hecho de que termine un año y comience otro tiene repercusiones importantes en nuestro psiquismo, y es mejor conocerlas para poder disfrutar de las fiestas de manera sana y feliz.

LA NOCHEVIEJA Y LA PUNTUACIÓN

El cambio de año marca un final, no sólo cronológico, sino también simbólico. A veces podemos sentir que nos afecta de una manera extraña, que nos incomoda de alguna forma, sin que sepamos exactamente por qué.

Es frecuente que entremos en una carrera contra reloj para terminar todas las cosas que hemos comenzado, como si sintiéramos que no nos queda tiempo, con lo cual aumentamos el nivel de estrés, que ya suele ser elevado en estos días.

Debemos tener en cuenta que cualquier situación que implique una puntuación en la vida, como es la Nochevieja, el final de año, puede aumentar la tristeza porque nos sentimos frágiles, desprotegidos. Es como si sintiéramos que ese final es una pequeña muerte, y nos recuerda que nosotros también vamos a morir, a desaparecer.

Podemos observar que hay gente que termina todas las frases con puntos suspensivos, abiertas, sin final, que no puede cerrar un sentido. Esto puede tener relación con que, para ellos, poner el punto es como morir. Y estas cuestiones nos van definiendo, van determinando nuestra manera de estar en el mundo, de dirigir nuestra vida y nuestros actos.

El cambio de año es mejor entenderlo como un punto y aparte… Debemos considerar esas cortas vacaciones como un punto y aparte, en el sentido de que suponen una especie de paréntesis, algo que está en el texto de nuestra vida pero que, a la vez, está como fuera del relato general.

Es importante distinguirlo del punto y seguido, que sería por ejemplo la semana laboral y el fin de semana, una pequeña pausa en la rutina de nuestra vida.

Y también debemos diferenciarlo del punto y final que, como sabemos, es la muerte. A veces no podemos interrumpir las tareas porque lo identificamos con el final, irremediable, de la vida, pero no es así, es simplemente un cambio de actividad, otro nivel, una página en blanco que espera a ser escrita.

Si podemos poner ese punto y aparte, disfrutar de ser otros en ese tiempo, después volvemos al trabajo, a la rutina, revitalizados, con ilusión, renovados en el deseo.

 

EL AÑO NUEVO Y LOS PROPÓSITOS

El contrapunto a ese final es el comienzo del año nuevo, para el que, generalmente, hacemos una lista de proyectos, planes, propósitos, con la firme convicción de llevarlos a cabo.

Es como si quisiéramos empezar de cero, como si cambiar el calendario equivaliera a dejar en el pasado todos los errores y poder -ahora sí- cumplir con todo eso que deseamos y que hasta ahora no hemos podido hacer.

Los propósitos más comunes son auténticos clásicos: bajar de peso, hacer deporte, ahorrar dinero, dejar de fumar, etc. Aunque cada uno tiene sus propios retos, su particular manera de programar los cambios.

Pero casi todos sabemos que es difícil cumplir con esos propósitos, entre otras cosas porque son cambios muy radicales los que nos proponemos y muchas veces no estamos preparados para afrontarlos.

Quizá sería más conveniente tomar esas decisiones después de haber analizado seriamente nuestros motivos para hacerlo, las implicaciones afectivas que conllevan y la mejor manera de llevarlas a cabo, para lo cual la terapia psicoanalítica es una ayuda efectiva.

Para el sujeto psíquico, haber superado ese punto final, la Nochevieja, y verse en el nuevo año es como una pequeña inmortalidad, en el sentido de que ese momento no ha sido el final de su vida. Quedan otros 365 días hasta llegar a las siguientes fiestas navideñas y un montón de cosas por vivir.

 

LA INTERRUPCIÓN NOS MANTIENE VIVOS

Según el psicoanálisis, toda interrupción, porque es interrupción del placer, representa el Goce. La interrupción del goce primordial con la madre es vital para la constitución del psiquismo humano. Permite cambiar al goce humanizado de la palabra.

Y la sexualidad tiene que ver con la palabra, es decir, todo lo que toca el ser humano es sexual, puesto que tiene que ver con el lenguaje. Somos lo que decimos, y también lo que callamos, cómo puntuamos, dónde hacemos las pausas, los silencios, etc. En definitiva, somos lenguaje.

El placer, la tendencia al equilibrio, cada vez que se interrumpe -y es la muerte la que interrumpe- produce goce. El goce es estrictamente revolucionario, porque implica la muerte como concepción e incluye al otro.

Es decir, implica el mundo terrenal, el que goza es un terráqueo, un ser humano. Y para ser un terráqueo hay que conformarse con ser un elemento transitorio de la cadena. Si aceptamos esto, la mortalidad, podremos tener una vida más o menos satisfactoria.

Freud dice que sólo vivimos por las interrupciones que se van produciendo en una tendencia natural de la sustancia viva a morir. Es decir, que las interrupciones, los errores, son los que consiguen que no se produzca el cortocircuito, que rápidamente llevaría a la muerte. Lo que es lo mismo, si no hay error y no hay interrupción, la sustancia viva tiende a no serlo.

Tolerar la pausa de las vacaciones navideñas, la interrupción de la rutina, permite que podamos disfrutarlas para poder retomar de nuevo el trabajo después. Y esto es una cuestión psíquica que tiene mucho que ver con cómo puntuamos la realidad.

 

POR QUÉ APARECE LA TRISTEZA EN FIN DE AÑO

El ser humano tiene una parte consciente, que está sobredeterminada por sus deseos inconscientes y, a veces, ambas instancias entran en conflicto, se contradicen.

Es por eso que, a veces, podemos sentir una gran tristeza inexplicable cuando llega el final del año, y no entendemos por qué, justo en las fiestas, padecemos ese sentimiento tan contrario al ambiente general. Nos atrapa una especie de duelo, y es porque se termina el año, porque es difícil aceptar el final.

El duelo es un estado que se podría llamar normal, no patológico, y se manifiesta de manera semejante a la melancolía. La diferencia, dice Freud, es que el duelo se produce por la pérdida real de un objeto amoroso, por ejemplo, la muerte, la separación, los finales… Es decir, que en el duelo lo que pierdo es eso y sé lo que he perdido.

Por ejemplo, frente a la muerte de un ser querido, la realidad exterior ha perdido interés para el sujeto. Sólo le interesan, de la realidad exterior, aquellas cosas que le recuerdan la persona fallecida. Pero Freud dice: “esto parece una enfermedad, pero no lo es porque es temporal”.

Cuando llega el final del año, podemos caer en esa «tristeza» porque nos recuerda nuestra propia muerte, nuestro final, y el duelo es una forma de procesarlo.

 

LA TERAPIA PSICOANALÍTICA NOS AYUDA

Para el psicoanálisis, lo que determina es siempre el futuro. Cualquier situación perjudicial para el sujeto puede transformarse en algo beneficioso, porque la vida está determinada por el siguiente paso, la siguiente frase. El melancólico se detiene en el pasado, se queda atrapado en algo que sólo existe en su pensamiento. El psicoanálisis posibilita cambiar nuestra manera de percibir la realidad

No es el pasado el que determina la vida del sujeto, es el futuro. No importa de dónde venga uno, qué padres tuvo, dónde nació, cómo fue su infancia… Lo importante es lo que se dice, porque la vida se construye frase a frase.

No es el año pasado, es el que comienza el que nos va a permitir avanzar, y para ello el tratamiento psicoanalítico ofrece al paciente la posibilidad de modificar su forma de leer la realidad y aprovechar al máximo la etapa que se abre con un nuevo año.

 

Los seres humanos necesitamos la ayuda de otros y, en este caso, de un especialista que nos dé los instrumentos para trabajar en la realidad y poder modificar nuestra mirada respecto a lo que nos rodea.

La terapia psicoanalítica es un instrumento altamente eficaz, que nos permite puntuar nuestra vida y poder gestionar de manera satisfactoria nuestros afectos, miedos y dudas.

Por eso, las vacaciones son un excelente momento para iniciar ese camino que nos lleve a un mayor grado de autoconocimiento y autotransformación.