Resulta curioso que justamente en vacaciones, en ese periodo que debería ser de recuperación y tranquilidad, se produzcan más discusiones con nuestra pareja, pero así es, en muchos casos.

Un mayor tiempo de convivencia, el estrés acumulado durante el año, los acuerdos que hay que tomar para planificar las vacaciones, etc. pueden causar ese aumento de conflictos, pero también hay mecanismos psíquicos que influyen en ello. Vamos a ver cuáles son.

LA EXCITACIÓN SEXUAL

A veces nos comportamos de forma perversa en la relación, a nivel cotidiano: maltrato, malas formas, insultos, faltas de respeto. Y donde hay que tener un poquito más de exceso, que sería en la relación sexual, somos recatados. Es una incoherencia.

Las relaciones afectivas de pareja generan mucha excitación. Hay una magnificación de los afectos en la relación de pareja y esto se produce tanto para bien como para mal. Las discusiones de pareja son de las más complejas, de las más calientes. Porque la discusión produce en la pareja ese acaloramiento, esas sensaciones de cierta agresividad, excitación, tensión, palpitación, sudoración, ganas de pegar al otro para tocarle a alta velocidad. Prácticamente es la sustitución de un coito.

Es como si fuera el encuentro sexual que estoy reprimiendo: por mi forma de pensar, por mi ideología, porque ya lo hicimos ayer y hoy me parece que es mucho. Tengo ideas sobre las relaciones sexuales en vez de llevarlas a cabo. Siempre que me apetecen, no lo tolero y lo transformo en lo contrario. Del amor paso al odio.

Moralmente puede ser más tolerable una discusión que un encuentro genital. Discutir tres veces por día está bien visto. Tener sexo tres veces por día, ¿a quién se le puede contar? Puedo hacer a mis amigos partícipes de las peleas, pero hacerles partícipes de los encuentros sexuales con esa magnitud, con esa frecuencia, no sabemos si lo van a tolerar, genera envidia.

El encuentro genital, el coito, no deja huella, pero la discusión sí, va dejando un malestar, un displacer, porque produce mucho goce enfermizo.

ACEPTAR LAS DIFERENCIAS

Podríamos decir que esa tendencia a la discusión se suma a las huellas que ya se han construido en nuestra historia. A ese enfado con la mamá, con el papá, con los hermanos, con cualquier persona que viene a mostrarnos una diferencia. Aunque sean parejas homosexuales, también existe la diferencia entre un integrante y otro.

Eso es la heterosexualidad: aceptar la diferencia del otro, aunque sean dos hombres o dos mujeres. Porque la homosexualidad sería relacionarme con el otro como si fuese igual a mí, o sea, un espejismo; algo muy narcisista, el otro siempre es diferente.

Siempre voy a encontrar en el otro algo que me enfrenta a mí mismo, que me pone en cuestión, que me trae algo que no tolero de mí, algo que ambiciono de los demás y que todavía no he construido. Cuestiones que tengo que trabajar yo, pero como no quiero hacerlo, creo que me las tienen que dar hechas, pues me enfado.

Por ejemplo, tengo una pareja a la que ascienden porque es muy trabajador o le va súper bien, y entonces lo que me surge a mí es el cuestionamiento de por qué yo no. Empiezo a entrar en una dinámica de inferioridad, de que por ser mujer él tiene y yo no tengo, etc. Ya está la envidia al pene puesta ahí, en la relación, y eso genera mucha agresividad.

El otro nos trae siempre la diferencia. Hay otros que no son yo, que son distintos a mí y que no se les puede poseer. Porque también hay una ambición de querer que el otro piense como uno, y cuando piensa de manera diferente lo tomamos como un ataque personal.

Además, nos trae el mayor cuestionamiento individual de cada sujeto, que es la mortalidad. Porque, donde está la diferencia, aparece directamente que somos mortales, que somos seres imperfectos, que no estamos completos. A veces en la relación de pareja, guiados por determinados pensamientos como el de la media naranja, se piensa que el otro tiene que venir a completarle a uno, que le va aportar lo que le falta.

Esa idea de que el amor es entrega, renuncia, completud, que el otro me da, que tiene que hacer un sacrificio para estar conmigo y yo tengo que hacer un sacrificio para estar con él… Eso convierte la relación en una condena, y nos lleva a aislarnos del mundo. Empobrecer mi mundo para dedicarme solamente a mi relación de pareja conlleva un empobrecimiento de la relación y una cierta cantidad de agresividad que se dirige contra el otro.

Hay que estar en actividad, somos seres enfocados al movimiento. La tendencia es al principio del placer (reducir el nivel de tensión del aparato), pero todo en el ser humano está pensado para movernos, no hay quietud. Y la realidad exige movimiento porque también estamos regidos por el principio de realidad: si no me levanto a realizar la acción, nadie lo va a hacer por mí.

NO SOMOS INMORTALES

La envidia al pene en la mujer no solo es una cuestión de género sino más bien una posición psíquica, y también hay envidia a la vagina en los hombres. Es atribuirle al otro que tiene algo que yo no tengo y que quiero, aunque no me sirva para nada. En realidad, nadie tiene, es una atribución. En el caso del hombre, él pide libertad de reproducción, que es lo que le está prohibido, aunque él pueda dejar embarazadas a varias mujeres al día. Y la mujer pide la libertad sexual, que es lo que le está prohibido, porque la mujer goza con todo.

Lo que le falta tanto al hombre como a la mujer es la inmortalidad, porque somos sujetos mortales. Cada uno lo pondrá en lo que aparentemente cree que le falta, pero a todo el mundo le falta eso que anhela el ser humano, que es la inmortalidad. Y esto es lo que más nos lleva a discutir. Discutimos todo el tiempo por esta cuestión, porque somos carentes, no somos completos. Hay gente que cree que es completa, que cae en enfermedades graves y se aísla, no se relaciona con nadie. Está en discusión constante. Está conectada a su madre fálica, ésa que lo podía todo.

Cuando uno acepta su mortalidad, reconoce que necesita de otros, que es un ser incompleto, que su riqueza está en sus relaciones sociales, ahí va a poder discernir cuándo tiene que calmar sus pasiones, escuchar al otro, y cuándo va a tener que intervenir en la realidad, hacer una acción, decir una frase.

Por eso, acudir a terapia psicoanalítica es la vía para aprender a hablar en la pareja, escuchando al otro que es diferente a mí, para descubrirlo y poder tener una relación plena.

LOS CELOS

En la amistad están coartadas en su fin las tendencias sexuales. Los conflictos de pareja suelen tener que ver con los celos por amigos, por terceras personas que intervienen en la relación. Ahí se genera una ebullición de excitación, porque en mi fantasía también está que yo tengo deseos por otras personas y lo proyecto sobre mi propia pareja, la hago partícipe de mi propio deseo.

Para no reconocerlo se lo atribuyo al otro, porque celos siempre hay, son necesarios y además son efectivos para la relación, avivan el deseo en la pareja. Pero cuando no se reconoce la propia humanidad, los propios sentimientos, deseos o pensamientos, hay una represión y eso genera muchas discusiones en las parejas. Puede producir neurosis, histeria, psicosis, enfermedad y hace discutir más.

Hay parejas donde se ve claramente que uno de los miembros tiene tendencias obsesivas fuertes, son personas muy discutidoras. El obsesivo es muy sádico, hasta que no te hace llorar no para. Puede estar con su pareja dale que te pego, insistiendo, “mira lo que has hecho”, hasta que ella o él se ponen a llorar o dicen que no pueden más. Ahí ya afloja porque, si no, se le acaba el juego.

Es como esas parejas que practican sexo límite o la asfixia, pero no te mato porque quiero seguir jugando hasta la siguiente vez. Son juegos peligrosos, discutir todo el tiempo es peligroso para uno porque genera cosas en el cuerpo, da dolor de cabeza, cansancio, agotamiento, hasta úlcera. Y es que la ira está relacionada con la úlcera, y el estrés que produce la discusión de pareja también está en la base de muchas enfermedades.

EL GOCE SIEMPRE ESTÁ

El sujeto es un sujeto gozante, pulsional, que puede gozar hasta con su peor enemigo. Cerrando los ojos te puede hacer gozar tu peor enemigo. El cuidado que uno debe tener es relacionarse convenientemente. No hacer lo que uno quiere, hacer lo que corresponde. Cuando uno es más joven dice: “hago lo que quiero, me creo inmortal”. Pero llega un momento en que dices: “me parece que voy a tener que empezar a hacer lo que me conviene”.

Se puede atentar contra uno mismo, contra sus relaciones, su trabajo, que es lo que le da de comer y lo que le mantiene. Hay que tener cuidado con uno mismo, por eso conviene revisar los comportamientos propios con un psicoanalista.

Que sea la discusión el fundamento de la relación es una manera de gozar nociva. Y es que muchas parejas no han descubierto otro goce, no conocen otro goce que no sea el discutir, y entonces no pueden sumar otras formas de gozar. También se puede discutir de vez en cuando porque se trata de elaborar algo, pero que sea la discusión el fundamento de la relación es sintomático.

No es que sean parejas a las que les vaya mal. Hay parejas que discuten mucho, pero que precisamente les va fenomenal a nivel laboral y económico, tienen hijos, tienen unas relaciones sexuales fantásticas, que eso es también bastante intolerable. Muchas veces se discute por no tolerar el goce.

A veces se utiliza el alcohol o cualquier otra droga para discutir, para hacer eso que quiero hacer y no me atrevo: agredir, insultar, humillar… Porque no es que el alcohol provoque esos comportamientos, es que ya deseaba hacerlo previamente, lo utilizamos como excusa.

Hay personas que solo se enamoran de otras que ya están comprometidas o casadas. Eso se llama el perjuicio del tercero, que es el papá. La relación con la mamá para perjudicar al papá. Tiene que haber un tercero que sale perjudicado en esa relación, es un desplazamiento de esa situación infantil. Si no está esa condición, hay personas que no pueden gozar, si no hay un tercero perjudicado. Cuando una mujer deja a su marido, el amante se desenamora de ella.

En las relaciones de pareja que se tienen ideas de cómo tienen que ser las cosas y eso genera mucho conflicto. No puedo bailar con alguien que no conozca o no puedes bailar con otra persona que no sea yo. Claro, bailar es sexual también. El psicoanálisis nos muestra que bailar, hablar, escribir es sexual.

La realidad supera cualquier fantasía, y es mejor utilizar el psicoanálisis, es un magnífico potenciador. El psicoanálisis nos ayuda abriendo puertas para hacer nuestros deseos realidad. Y no es necesario estar enfermo para psicoanalizarse, porque psicoanalizarse ayuda a vivir mejor los años futuros.

Las parejas que comienzan una terapia lo hacen, en general, para renovar la relación de pareja. Para construir otra relación de pareja con la misma persona, una vida diferente con la misma pareja. No hace falta separarse, son etapas. Si pensamos que el ser humano es cambiante, se puede conseguir mucho.

Lo que enferma es mantener al otro en las mismas frases: “una vez hace ocho años me dijiste esto”. Bueno, uno puede decir y puede desdecir, puede cambiar de opinión, de pensamiento. Querer mantenerte en los mismos pensamientos es enfermizo.

No se debería tirar siempre balones fuera, echar la culpa al otro. Si me está pasando, es que yo también formo parte de eso, de alguna manera estoy implicado en esas discusiones de la pareja. Conviene revisar cómo está la relación para transformarla, para que sea otra, o para que además de esa que es, pueda tener otras maneras.

CÓMO INTERVIENE LA CULPA

Hay matrimonios desgraciados como forma de castigo para pagar una cuota de culpabilidad inconsciente, de tal manera que si se les quitan las discusiones, sienten la culpa y se ven obligados a buscar otra forma de pagar por ella, como enfermarse, por ejemplo. Por eso es necesario, en estos casos, iniciar una terapia psicoanalítica para que se puede analizar la culpa inconsciente y que la relación con la pareja se desarrolle de una forma saludable.

Hay que ver en cada pareja en qué frases se sustentan las discusiones. Habrá parejas que tengan una concepción sádica del coito porque vieron a sus papás en la relación sexual cuando eran pequeños y pensaron que eso era una cosa agresiva.

Hay muchos conflictos en las parejas en la actualidad que se generan cuando el partenaire habla por Facebook, por WhatsApp, con otra persona y entonces se piensa: “¡ay, me está siendo infiel!”. Porque la escritura es tan amplia que permite desplegar cosas que uno no puede decir cara a cara. Espiar el teléfono de la pareja, el ordenador que se deja con el Facebook abierto, produce cantidad de discusiones, conflictos, rupturas, agresiones.

“Ya sé que no tenía que haberlo hecho, pero lo miré”. Tiene que aceptar que es un perverso. No se puede hacer eso. Está prohibido por ley abrir las cartas del otro, abrir el Whatsapp, el Facebook, es un delito. Por otra parte, el que lo deja abierto para que lo vea la pareja, sin querer, también se tiene que cuestionar si tiene cierta culpa y lo que quería era ser descubierto para ser castigado.

LA IDEOLOGÍA FAMILIAR

No se puede tomar como modelos a los padres, a los familiares cercanos. Si yo quiero llevar mi relación como mamá trató a papá o como papá trató a mamá, me voy a equivocar porque yo tengo que construir mi propia relación.

Cuando algo de la pareja no me gusta o la pareja me dice que no le gusta algo de lo que hago, hay que preguntarse ¿por qué? ¿porque no lo hace como mi mamá? Es en esa comparación con lo que hacía mi mamá, con lo que hacía mi papá o con lo que se piensa en mi familia. Uno no va a la relación de pareja solo, lleva toda su fantasía, sus fantasmas, sus frases familiares, su papá, su mamá, sus hermanos, sus tíos, sus abuelos… Y ahí se enfrenta a otra persona que también lleva a toda su familia. Son dos familias que chocan.

Así que el encuentro es casi imposible. Hay desencuentro siempre. Hay que tolerarlo y, cuanto más lo tolero, más feliz soy.

Son muy importantes las frases que decimos de nuestra vida, de nosotros, de lo que nos pasa. Aunque digamos: “si es sólo una frase”. ¡Ojo con esa frase! Porque solo una frase no es, es consecuencia de una manera de pensar, de una ideología. Y la ideología es inconsciente y es familiar.

Proviene de lo infantil que hay en uno. Que no es de la infancia que ya pasó, es de lo infantil que se repite en la actualidad también, en la edad adulta. Cuando uno rompe con su pareja en un ataque de ira en una discusión, se tiene que preguntar si no es ese niño de cinco años que le está reclamando a la mamá el amor que tiene que compartir con el papá, con los hermanitos. Cuando le pedimos a la pareja algo imposible, estamos relacionándonos con otra persona que no es la pareja, sino la mamá, que no es ni siquiera la madre actual sino la mamá idealizada, es decir, la mamá de la infancia.

Queramos o no, esas personas que fueron modelos de identificación tan importantes en el comienzo de nuestra vida, lo siguen siendo. No se pueden eliminar, porque cuando reprimimos algo, no lo eliminamos, todo lo contrario, inconscientemente se interioriza más, y así uno va relacionándose con mujeres y resulta que todas son su mamá, no se produce ninguna transformación, ningún cambio.

Tanto en hombres como en mujeres la relación más importante es la madre. No es que la mujer solo busque modelos como el padre, que sí ocurre, pero también como la madre. Hay muchas relaciones que describe Freud así: muchas situaciones no resueltas con la madre se llevan al primer matrimonio. Los conflictos se generan porque es como un enfado con la madre de la mujer por haberla hecho incompleta. Eso genera discusiones con la madre y, como no se resuelve con ella, la solución es un marido al que seguir machacando.

Es un desplazamiento. Lo psíquico funciona así, no se ha resuelto y se desplaza a otra relación. Freud dice que en este tipo de personas los segundos matrimonios suelen funcionar mejor, porque a ellos se desplaza la relación que tuvo con el padre, que es más pacificador. El padre viene a intervenir en la relación con la madre, que es agresiva, y a separarnos de ella.

Con la ayuda del psicoanalista, uno puede llegar a construir en un tratamiento esa segunda relación mucho más civilizadora. Si incluyo al padre en la relación con la madre, hay tercero, hay ley. Porque el padre es la construcción de la ley en lo psíquico. Si una pareja está siempre discutiendo, hay que preguntarse dónde está la ley, no todo vale.

Una terapia de pareja lo que permite es construir la ley para cada uno, y eso va a traer ley a la relación. Además, la intervención del tercero, del analista, en esa relación de a dos tan agresiva, viene a ser pacificadora.

ES ESENCIAL LA TOLERANCIA

Tolerar la falta. Tolerar que somos carentes. Tolerar la incertidumbre. Tolerar la diferencia. Tolerar el desencuentro. Tolerar es esencial para las relaciones.

Es muy importante para vivir, porque hasta cuando se sube uno al autobús o al metro tiene que tolerar el empujón, el olor, el perfume, un montón de cosas, todo el mundo le molesta. Pero discutir con todo el mundo, todo el día, impide vivir. Aunque hay gente que vive así, enfadada, por tener que trabajar, cuidar de los hijos, atender las necesidades propias, y se queja todo el tiempo.

Lo de vivir en la queja hace que uno esté en un infierno que produce uno mismo. Porque puede ser una vida maravillosa a la vista de otro, que piensa «pero ¿por qué se quejará?» Si su vida es genial, si tiene todo, es maravillosa. Pero como uno está instalado en la queja, su vida acaba siendo eso.

EL PSICOANÁLISIS, UNA HERRAMIENTA MUY ÚTIL A NUESTRO ALCANCE

Se trata de encauzar el deseo, dejar que siga algún cauce productivo, no de pararlo. El deseo inconsciente se va a expresar de cualquier manera, porque lo único que pretende es expresarse y, por mucho que se reprima su expresión, va a encontrar otro modo de hacerlo. La perversión es eso, que sea siempre de la misma manera, con la discusión, con la cachetada, con el insulto.

Atender al otro de más también aniquila el deseo, querer darle todos los gustos. Te encantan las natillas, te las ponen en el desayuno, comida y cena durante veinte años y terminas aborreciendo las natillas. Es ese momento del enamoramiento en que uno quiere hacer todo para el otro. Luego se pasa ese enamoramiento inicial, y nos damos cuenta de que el otro no era eso que le habíamos atribuido y aparece la decepción.

A veces se dice: “es tan guapa, es tan guapo, que se lo perdono todo”. Eso es el enamoramiento, que no deja ver lo que hay, no deja escuchar, no deja avanzar. Vivimos en la era de la imagen, que es del orden de las ilusiones.

No hay nada bueno o malo en sí mismo, es cómo lo utilicemos, el uso que hagamos de los mecanismos psíquicos. Lo saludable en la relación de pareja es sumar, sustituir, utilizar todos los mecanismos psíquicos que tenemos a nuestra disposición. Escuchar al otro es muy importante.

Tenemos que saber que, para escuchar al otro, hay que reconocer que es diferente a mí porque, si no, escucho en relación a lo que yo creo, a lo que me dijo mi mamá, a lo que me aconsejó mi papá. Eso es lo que realmente va a diferenciar una conversación de una discusión. ¿Qué me está diciendo? ¿Con quién está hablando? ¿A quién se está dirigiendo? ¿Qué me está reclamando? A lo mejor no es a mí, sino que está queriendo decir algo, necesita decir algo.

Es muy complejo eliminar prejuicios, quitar concesiones. Por ejemplo, a veces se dice “es que es mi mujer, por eso la he tratado diferente”. Creo que la trato bien porque la trato diferente, pero al final la estoy maltratando. Le doy todo o le quito todo por ser mi mujer, y no dejo que ella tenga que salir al mundo a buscarse la vida, a crecer, a relacionarse, a trabajar. “Acordamos que ella se ocupara de los hijos”. Le doy todo lo que necesita, el dinero para lo que ella quiera, pero que se quede ahí, que no trabaje, todo para que no salga. Es un celoso, en definitiva.

Porque para ella, aunque gane poco o mucho dinero, trabajar es una fuente de crecimiento, de satisfacción. Genera malestar para la persona que no trabaja, porque termina gastando dinero que considera que no es suyo, que no consiguió de su trabajo. Y no va al gimnasio, no estudia, solamente limpia la casa. Al final se convierte en la mamá de él y, si es la mamá, él la deja de desear, no se puede acostar con ella, está prohibido.

La pregunta es: ¿cuánto tiempo tolero yo el bienestar? ¿cuánto tiempo tolero que me vayan las cosas bien? Parece increíble, pero lo que más nos cuesta a los seres humanos es que las cosas nos vayan bien. Es más fácil tolerar que las cosas nos vayan mal. A veces, uno hace un estropicio en la realidad para que le vaya mal. Es la incertidumbre la que produce un terror tal que uno es capaz de cualquier cosa con tal de eliminar la incertidumbre.

Y para poder tolerar el bien es necesario que aprendamos otros mecanismos, para lo cual el psicoanálisis es una herramienta muy útil.

Hay personas que no pueden amar a quien les trata bien y sólo pueden amar a quien les trata mal. Y esto no se reduce a las parejas: me busco un jefe o compañeros con los que me llevo mal. Igual que hay personas que están esperando que el mundo les devuelva algo, también hay personas que esperan ser castigadas todo el tiempo. Porque gozaron, tuvieron una fantasía sexual con su mamá y se castigan por ello toda la vida.

La relación no la controla ni el hombre ni la mujer. Los dos se tienen que dejar llevar por esa relación que se va construyendo. Cuando han pasado veinte o treinta años y sigo al lado de la misma mujer, del mismo hombre, puedo decir “parece que tenemos una relación”. Es a posteriori. Nadie controla eso, hay que tolerar esa incertidumbre.

La experiencia tiene poca importancia, son más bien las interpretaciones que nos hayan hecho en nuestro psicoanálisis, eso es lo que tiene que ver con la verdad del sujeto. La experiencia ya pasó y, como pasó, ahora es un recuerdo. Los recuerdos para el psicoanálisis son siempre encubridores de alguna verdad inconsciente. Lo que sirve es el trabajo constante sobre nuestro psiquismo.