¿El deseo se puede recuperar? ¿Dónde está el deseo cuando parece que no hay, que se ha acabado, ya sea en la pareja, o el deseo por la vida, o por una afición, por salir con los amigos, o el deseo sexual?

Vamos a investigar esta cuestión desde el punto de vista psicoanalítico.

 

¿QUÉ ES EL DESEO?

 

Solemos escuchar: “se me ha quitado el deseo”, “ya no le deseo”, “ya no la deseo”. Es como si pensáramos que el deseo está en algún lugar, por eso podemos preguntarnos si se puede recuperar. Pero, realmente, el deseo no se recupera, es una construcción constante, no es que esté perdido, olvidado, no es que no esté, es que hay que hacerlo. En ese sentido, tampoco se puede perder, porque no se puede tener.

Depende de cómo uno se posicione frente al deseo, es decir, frente al motor de la vida que, en psicoanálisis, denominamos deseo sexual infantil reprimido. Es un deseo que permanece inconsciente siempre. Es como ese impulso fundamental para todos porque, cuando se termina, se acaba la vida. Es la pulsión. Lo que normalmente llamamos deseo es otra cosa, pero está sobredeterminado por ese deseo inconsciente.

Cuando una persona llega a psicoanalizarse, no viene con ningún deseo, viene con síntomas o afectada por algo que quiere analizar. Todavía no conoce su deseo. Es cuando lo somete al psicoanálisis y empieza a hablar, a asociar libremente, cuando el psicoanalista va interpretándolo, se va produciendo el deseo de ese paciente.

El deseo, al ser inconsciente, no sabemos nada de él, sólo sabemos por sus efectos, que llegan a la conciencia en forma de sueños, síntomas, chistes, olvidos, lapsus. El deseo, cuando no está puesto en palabras, es sintomático.

Es como los niños, que se expresan como pueden hasta que acceden al lenguaje. El paciente es algo similar, hasta que no llega al lenguaje, no puede expresar lo que le sucede, lo que le conflictúa. Hasta que no es interpretado por el psicoanalista, está ahí con la rabieta, con el llanto, con el malestar, sin saber qué le pasa. Dicen: «me siento mal, pero no sé qué me pasa». Todavía no encontró las palabras para hablar. Se está expresando de una manera más primitiva.

El deseo del que hablamos es un deseo con palabras, con trabajo psicoanalítico. Poniendo todas esas cosas que a uno le pasan en palabras para poder ser interpretado el deseo sexual infantil y reprimido. Porque cuando no se puede poner en palabras se va retirando la libido del exterior y entra en un circuito interno. Cuando no somos capaces de verbalizar algo que nos pasa con el otro, poder conversarlo, ese problema se libidiniza, se hace más grande de lo que es.

Si uno se relaciona con las personas a nivel imaginario, puede ocurrir que luego se encuentre con ellas y decirles: “pero, ¿cómo puede ser que no hayas hecho esto?” Porque ya había creado la fantasía en torno a algo que tenía que hacer el otro. Al final, el deseo se liga a esa compulsión de pensamiento constante en vez de estar ligado a la realidad. Estoy en mí mismo, “ensimismado”.

Además del deseo sexual inconsciente, infantil y reprimido, (que es de lo que se ocupa el psicoanálisis, porque es la causa del 100% de los padecimientos psíquicos y del más del 50% de los orgánicos), también está esa otra parte del inconsciente que es la pulsión, la libido, el impulso de vivir, y que está simultaneada con la pulsión de muerte.

 

ES POR EL LENGUAJE QUE PODEMOS GOZAR

 

La pulsión de vida tiene que estar puntuada para que se produzca el goce, porque, si no hay ninguna interrupción, no soy capaz de gozar. Nos damos cuenta cuando, por ejemplo, tenemos una cita maravillosa y se termina, al día siguiente: “¡qué bien estuve ayer, disfrutamos muchísimo!” Pero es una vez que terminó cuando yo puedo decir eso. Mientras estoy ahí no me doy cuenta. La interrupción es fundamental para darnos cuenta de qué pasó. La pulsión de muerte es la que separa, la que da sentido.

Como en un escrito, cuando puntuamos es el punto el que da sentido a lo anterior. No es lo mismo poner punto después de una palabra que después de otra.

El goce viene dado porque somos seres hablantes, es por el lenguaje que podemos gozar. Por eso están tan relacionados, a la hora de hablar, la puntuación, los silencios, las repeticiones, los lapsus. Todo eso tiene que ver con esta cuestión, y que está relacionada con el deseo. El lenguaje es el escenario donde se pone de manifiesto todo.

Porque también dentro del goce podemos diferenciar lo que sería un goce con la madre fálica, infantil, guiado por el principio del placer, es decir, un goce sintomático, sin trabajo. «Yo me quedo en la cama, no me levanto» Normalmente puede generar un asma, una ansiedad… Es decir, un síntoma neurótico, una psicosis, que es ese goce sintomático, goce del síntoma. En todo síntoma hay goce, por eso al paciente le cuesta tanto deshacerse de su síntoma. Es como un goce sin interrupción, porque uno está en una situación idílica, imaginaria, fuera de la realidad. Si yo estoy con mamá, no estoy en el mundo.

Por otro lado, está el goce de la palabra, del lenguaje, donde hay mundo, hay otro. Hay trabajo en el exterior, hay interrupción, porque donde hay otros siempre hay interrupción, a veces vienen a molestar. Por el hecho de ser diferentes nos puntúan, nos muestran que somos humanos. Son semejantes, pero también diferentes, porque dicen otras frases distintas, eso ya puntúa, nos pone límites y nos hace gozar en el mundo, gozar con el otro.

Si acepto la ley, si acepto que para ser médico tengo que ir a la facultad de Medicina, estudiar, etcétera, termino siendo médico. Y eso implica un montón de trabajo y goce, porque estudiar produce goce. No es placentero al principio, pero es bueno tolerar el displacer que me provocan las cosas que me hacen crecer. Porque el crecimiento siempre implica trabajo y un poco de angustia.

 

«HE PERDIDO EL DESEO SEXUAL»

 

Cuando alguien dice: “he perdido el deseo”, habría que preguntarle: ¿dónde está tu deseo? ¿qué estás haciendo con esa energía? Quiere decir que está en sus objetos fantasmáticos o en su propio yo, en su narcisismo. Se ha desplazado su deseo, porque el deseo es metonímico por definición. Puede, incluso, que esté fijado a algunos objetos incestuosos, como pasa en la impotencia psíquica.

El deseo está fijado a objetos incestuosos de la infancia. El sujeto es impotente con su pareja, pero está fantaseando relaciones sexuales con figuras incestuosas, es decir, su mujer está ocupando el lugar de esa figura incestuosa, de su madre, de su hermana, por eso es impotente con ella. A quien desea es a esas figuras incestuosas. Quiere decir que los primeros objetos de deseo para todos nosotros fueron los padres y eso nos generó un gran conflicto porque cuando tuvimos que separarnos de ellos, porque son figuras prohibidas sexualmente, no es que nos separásemos de ellos, esas relaciones devinieron inconscientes. Se ha fijado ahí su sexualidad.

En las relaciones tiene que haber una línea que nos une al otro, que está relacionada con la ternura, y que por otro lado está relacionada con el deseo sexual. Tienen que existir los dos lados para que haya una buena relación. El problema es que muchas veces hay hombres y mujeres que desean a la pareja, pero no la aman, o al revés, aman a la pareja, pero no la desean, que suele ser lo más habitual.

Separan la corriente de la ternura de la corriente sexual. Solamente pueden con aquellas mujeres que estén denigradas, pero que denigrado puede ser para él que trabaje, por ejemplo. Ya es una prostituta porque trabaja, entonces con esa mujer sí que puede. Pero con la mujer a la que ama que es como si fuera su madre, la madre de sus hijos, con esa no puede.

Siempre están ahí, en nosotros, porque lo infantil forma parte de nuestro psiquismo. Pero si no nos lo interpretan, lo padecemos, se nos presenta en forma de síntoma. Nuestra madre se cruza en nuestro camino cada dos por tres, la madre psíquica, porque la real sí quiere que trabajemos, que crezcamos, que nos vaya bien.

A uno le gustaría quedarse con su mamá. El deseo a veces queda transformado y posicionado en el otro. Es decir, yo tengo un deseo sexual por alguien y, como no lo tolero, hago que mi mujer o que mi marido tenga ese deseo por otra persona. Y aparecen los celos, por ejemplo. Siempre aparece síntoma. Freud dice: la enfermedad, cualquiera de ellas, utiliza los mecanismos normales del aparato, lo que pasa que los exagera. Es una cuestión de cantidad, pero no hay nada roto en ningún enfermo mental.

Lo normal es la utilización de todos los mecanismos psíquicos, pero es fácil exagerar cuando uno no se cuida psíquicamente, cuando uno no se psicoanaliza. Porque hay tendencias, en todos, a utilizar unos mecanismos frente a otros, y ésa es la posición de cada uno en el lenguaje. Porque gozó mucho en una determinada fase infantil, porque se acrecentó un goce de algún tipo, anal, oral… entonces se quedó ahí, tiende a volver a esa posición, en cada frase.

Al final todos tenemos los mismos deseos. Estamos sobredeterminados por ese deseo sexual infantil reprimido. Lo que nos diferencia a unos seres humanos de otros es nuestra capacidad de renunciar a esa tendencia. En relación a esa renuncia vamos a construir un deseo u otro, un deseo que tenga efectos en la realidad.

Hay que aprender a manejarse en esos niveles, porque es donde uno puede evolucionar como persona y como profesional. El psicoanálisis ayuda a eso, a salir de uno, de la propia realidad psíquica, del principio del placer, para incorporarnos a la realidad material. Porque uno tiende a meterse ahí frente a las adversidades de la vida real, que son muchas, uno tiende a hacer su deseo, pero fantaseando. Hacerse el loco está prohibido, porque si uno se hace mucho el loco, acaba siendo un loco. Si se presenta así en el mundo, el mundo le va a considerar un loco.

Lo desconocido produce angustia y uno trata de huir de ello; sin embargo, lo desconocido es parte de uno mismo. Mucho más de la mitad de nuestro psiquismo es desconocido para nosotros, porque el inconsciente es más amplio que la conciencia. La conciencia es solamente un órgano perceptivo, es lo que percibimos del exterior y del interior. Pero luego todo nuestro pensamiento, nuestro deseo, es inconsciente para nosotros, es desconocido.

Si no toleramos la angustia que lo desconocido nos produce, nos quedamos sin el 70% de nuestro psiquismo. Uno se limita tanto que solo cree en lo que ve, todo lo que podría ser ni siquiera se anima a trabajarlo.

Si se ha perdido el deseo, ha habido un trabajo para que esté en otro lugar o en otro formato, con otra apariencia. En forma de discusiones, de estar en otra persona o estar en otra cosa, en una perversión o en un síntoma… Cuando desaparece el deseo sexual por alguien, algo intento decir: «no me estás tratando bien, o te has descuidado, o no estás trabajando para tu deseo». Porque si cada uno está trabajando para su deseo, ya se van a encontrar los dos deseos. Los que se desean son los deseos, no son dos personas.

 

EL DESEO NO SE PIERDE, ESTÁ DESPLAZADO

 

Cuando hablamos del deseo que está desplazado, podemos preguntarnos ¿eso se puede corregir? ¿yo puedo sentir otra vez deseo? Y la respuesta es sí, con más intensidad. En muchas parejas donde hay una infidelidad, hay un intenso resurgimiento del deseo. A veces no lo toleran y por eso se rompe la pareja, pero si lo toleran, esa pareja sigue para adelante reforzada, más unida, más cómplice. Porque esa relación exclusivamente de a dos mataba el deseo.

Cuando en una pareja hay constantemente peleas o sentimientos adversos hacia esa persona, el deseo sexual se desplaza, porque el deseo está puesto en pelear. Es un disfraz de lo sexual. Hay peleas que son como polvos. Luego están dos días sin hablarse para recuperarse del goce, del goce patológico, porque les produce malestar, les produce culpa, se maltratan. Es un disfraz de una relación sexual.

Y es que también existe el goce masoquista, el goce sádico. Somos complejos. Por eso, con un trabajo psicoanalítico de pasar esa situación por la palabra, se puede volver a la relación sexual. Porque también en el acto sexual hace falta un poco de sadismo y un poco de masoquismo. La penetración requiere cierta agresividad.

Hay que dejarse penetrar, hay que penetrar en otro, hay muchos hombres que no pueden ni siquiera penetrar. Muchas mujeres no se dejan penetrar, se cierran y se produce el vaginismo.

Se trata de trabajarlo, porque está como salvaje, todo en la discusión. Como deseo, pero sin trabajar. Ni ellos mismos saben cómo reconducir eso. Tienen la pelea, la discusión, y ahí está el goce. Freud, en El porqué de la guerra, dice que cuando uno va accediendo al lenguaje y a la civilización, se calman las discusiones, uno acepta la ley y se va calmando, la ley de castración.

Hoy en día hay muchas guerras activas. Es como si hubiera una regresión, como si no se aceptase la labor civilizadora, es decir, conversando, hablando con el otro, se puede llegar al acuerdo. “Yo puedo más”, “yo la tengo más grande”. A ver quién tiene el misil más grande. Se están peleando por una cuestión totalmente fálica, infantil, en la lucha con el padre. Si todos esos dirigentes se sometieran al psicoanálisis, el mundo sería mucho mejor.

Cuando no se respeta la ley de la civilización, o bien se regresa a puntos anteriores del desarrollo de la constitución psíquica, el sujeto se autolesiona con esa energía que no pone en la realidad social o acaba agrediendo al otro. Como hacen algunos poderosos, agredir a los otros, a otros pueblos, a otras maneras de pensar. Todo aquello que les cuestiona, porque es diferente a ellos, lo consideran una agresión y, como es diferente, les recuerda que son mortales.

Porque son humanos también, pero ellos hacen como si fueran inmortales. Les pasan las mismas cosas que a todos los humanos, lo que ocurre es que tienen poder, tienen el poder de tomar decisiones que afectan a millones de personas en el mundo.

Porque el sujeto es psíquico y social al mismo tiempo, y la ley organiza a ambos. Cuando se salta la ley, cuando hay perversión, la corrupción es tan grande que genera violencia, agresión. La agresividad es buena, la agresión es mala, pero la agresividad es necesaria, forma parte de cualquier actividad. Quien no tolera ser un poco agresivo se queda parado, no puede nada, siente culpa. La agresividad es necesaria para separarse de la madre, porque cuando no se utiliza, uno se queda ahí con mamá.

La civilización nace de nosotros, nos hace pasar de ser cachorritos animales, cuando somos niños, a sujetos sociales, adultos, hombres, mujeres en la sociedad, fuertes, que pueden trabajar, pueden transformar su realidad. Eso hace la civilización, ésa es la labor civilizadora: que uno se pueda relacionar con los otros reprimiendo las tendencias hostiles y sexuales inapropiadas, haciéndolas inofensivas para uno mismo y para los otros.

El poder es poder, a condición de no ser utilizado, decía Menassa. Pero ellos someten, no se les atribuye el poder, sino que ejercen el sometimiento, es dictatorial. Es una atribución que hace el otro. Cuando tú quieres controlar al otro, el otro te quita el poder.

 

EL EMBARAZO Y SU RELACIÓN CON EL DESEO SEXUAL

 

Hay hombres que pierden ese deseo sexual en el momento que la mujer se queda embarazada ¿eso con qué tiene que ver? Posiblemente tiene que ver con la mujer. A veces, la mujer cuando se queda embarazada, o cuando tiene el niño, cae en la ilusión de que ya tiene lo que anhelaba, eso que la completa y entonces pierde el deseo por el marido. Él fue un medio para conseguir el fin, que era tener el hijo, que es el falo de ella. Luego se da cuenta, con psicoanálisis, de que el niño no es un falo, que es un ser que tiene que salir al mundo y no es de ella.

Por otro lado, hay hombres a los que les da miedo tener relaciones con una mujer embarazada, piensan que le van a hacer daño al feto. Como ella va a ser madre, la ponen en posición de madre, y si la palabra madre la tiene muy pegada a su madre, ¿cómo va a tener relaciones sexuales con su mujer cuando es una madre y es su madre?

Hay muchas mujeres que se deprimen: la depresión posparto. Porque ya no es falo, es niño. El período del embarazo es muy especial y hay que acompañarlo con mucho cuidado. Es importante el psicoanálisis de acompañamiento antes, durante y después del embarazo, porque es un momento especial donde todos los recursos de ella están puestos ahí. La mujer deja de ser un sujeto psíquico y entra a trabajar para la especie, para la procreación.

Es muy difícil trabajar para el deseo en esa fase, ahí hay que acompañar para que todo vaya bien, el embarazo y el parto, para despejar dudas, situaciones de ambivalencia cuando aparecen conflictos: ¿lo quiero o no lo quiero? Me va a cambiar la vida, ¿hasta qué punto me va a limitar esto?

Pero también puede haber un florecimiento del deseo en la mujer en ese periodo, muchas mujeres tienen las mejores relaciones sexuales de su vida en el embarazo. No hay una sola forma de afrontar las situaciones Se puede sumar, al cuidado de la especie, el deseo sexual y el deseo del acto sexual. Hay mujeres que trabajan hasta el día antes de dar a luz. Siguen deseando trabajar, estar en el mundo. Porque lo sexual no es solamente la relación genital, sexual es todo.

Lo psíquico es curioso: aunque biológicamente es la mujer la que cambia, hay muchos hombres que engordan cuando se embaraza ella, como si ellos también estuvieran embarazados, y esto ocurre por identificación. Hay un momento de la constitución psíquica donde el niño no tiene claro por dónde nacen los niños. Los puede tener un hombre, una mujer. No está claro. El hombre a veces también tiene esa fantasía de quedarse embarazado.

Hay que sumar otro significante en uno, hay que ponerlo en juego. Ella es muy importante para el deseo de él, y tiene que sumar ahora, al significante madre, el significante mujer. Todo se mueve psíquicamente.

Es un momento muy complejo, pero es un momento maravilloso porque, mientras se pasa, uno no se da cuenta de nada. Hay que dejar que las cosas ocurran y luego llegar al diván y analizarse. Así la vida fluye maravillosa. El psicoanalista es como el cubo de basura, dice Menassa. Uno va y tira lo que le sobra, lo que no le sirve, y luego sale a la vida tan feliz, limpio. El psicoanálisis es el mejor detergente para el alma.

 

SE DESEAN DESEOS

 

No se puede obligar al otro a que nos desee. Se desean deseos. Cuanto más deseante es uno mismo con sus pasiones, sus actividades, más deseo produce en el otro. Ella está en movimiento, está en circulación y la deseo por eso. Su deseo me atrapa. Mi deseo se quiere ligar a su deseo. Por el contrario, si estoy al lado de una persona que está hundida, que todo el día está baja y yo me quedo ahí, al final podrá conmigo, caeré, mi deseo terminará deseando eso. El que con más intensidad desee es el que arrastra al otro.

Otra cosa que mata el deseo es cuando se quedan los dos solitos pensando que se desean el uno al otro, caen en ese engaño, en esa ilusión de comprenderse, entonces ya somos una naranja completa y no necesitamos más. El deseo de uno está en el otro, no hay movimiento, y el deseo necesita estar en circulación. Cuando uno desea otras cosas, alimenta el deseo en la relación de pareja, y eso no significa que haya que hacer más actividades con la pareja o hablar más con ella, sino que el deseo de cada uno esté vivo, alimentado.

La terapia de pareja trata de eso, de reconstruir las vidas de cada uno para poder generar en ellos el deseo y que el otro desee ese deseo. Si uno no se quiere a sí mismo, ¿quién le va a querer? A veces dicen “yo necesito que él o ella esté bien para yo poder estar bien”, y la respuesta: “eres un egoísta”.

No sabemos si los que no se cuidan no se quieren a sí mismos, o se quieren tanto que esperan que el otro los quiera así. A veces es muy narcisista el que no se cuida. Él o ella piensan que le tienen que querer así, sin trabajarse, tal cual es, «por lo que soy, no por lo que hago». Eso también es otra confusión: es lo que uno aporta al mundo lo que le hace deseable, siempre hay que hacer un trabajo, no se puede nada sin trabajo.

No cuidarse en la alimentación, en el vestir, no asearse también es un trabajo. Siempre hay trabajo, y puede ser trabajo a favor o en contra de uno. El trabajo a favor de la relación y de que el deseo esté vivo en ella o trabajo en contra de que el deseo esté vivo. Como todo síntoma, es una dedicatoria, siempre es para alguien, todo lo que hacemos es para alguien, hasta cuando nos enfermamos. ¿A quién se lo estamos dedicando? Lo tenemos que averiguar en psicoanálisis.

¿Puede haber un deseo por otra persona? Sí, porque ¿quién nos llama la atención? La gente que desea. Puede que uno no esté enamorado de su pareja, porque el enamoramiento es otra cosa, es un período de locura transitoria donde al otro se le pone en el lugar del ideal del yo.

Entre el hombre y la mujer hay diferencias en la manera de amar y desear: ella desea sin tapujos, pero tiene problemas para amar, ella necesita ser amada, es como una necesidad. Y el hombre, a pesar del amor cortés y sus consecuencias, necesita que la mujer desee y a ella le cuesta eso. No es que la mujer no desee, la mujer no quiere reconocer que desea.

 

LA IMPORTANCIA DE LA TERAPIA PSICOANALÍTICA

Freud dice que se empieza cediendo en las palabras y se termina cediendo en los actos. Y que lo más caro es la enfermedad y la tontería. Invertir en uno, en el autoconocimiento y la autotransformación es una inversión de futuro. Realmente es una inversión, nos tenemos que invertir todos. Tenemos que dejar de ser lo que creemos que somos. Hay que construir algo distinto y tolerar la angustia, porque ante lo desconocido siempre va a haber angustia. Si la toleramos, podremos hacer esa transformación que nos propone el psicoanálisis.

El deseo no existe, se construye a través de la interpretación psicoanalítica. Antes de hablar no sabemos nada del deseo. No hablar es negar el sujeto psíquico.

Depende de cómo cada uno se posicione frente al deseo inconsciente, el que es motor de la vida, se tiene una vida u otra, si se acepta, si se rechaza, si se niega o si se forcluye, pasan cosas diferentes.

El deseo del que hablamos es un deseo con palabras, con trabajo psicoanalítico, trayendo todas esas cosas que a uno le pasan para poder ser interpretadas.

El psicoanálisis en las relaciones de pareja es un trabajo enriquecedor y constructivo tanto para el amor como para el deseo.