Los problemas de comunicación en las parejas son algo muy común. Algunas estadísticas señalan que hasta el 80% de las parejas que llegan a la consulta es por problemas de comunicación. Desde el psicoanálisis, vamos a ver cómo podemos analizar este asunto.

QUÉ ES COMUNICARSE

La comunicación implica no solamente lo que se dice, sino también lo que no se dice; lo que se hace y lo que no se hace.

Cuando hay un problema de comunicación, tendríamos que preguntarnos desde el momento actual qué nos ha llevado a esas circunstancias. Hay que empezar a hablar, por lo menos en la consulta. Cuesta mucho, pero hay que empezar a conversar de qué situaciones o sentimientos que tengo han podido llevarme a una situación tan dramática como callarme, porque es muy agresivo el silencio.

Es como pulsión de muerte. Muchas veces son las propias fantasías que uno tiene lo que produce temor a revelarlas. «Si empiezo a hablar, va a descubrir lo que pienso de él, lo que pienso de ella». Y esas contradicciones con respecto a la pareja, o que están puestas ahí pero tienen que ver con otra cuestión mucho más compleja o más profunda, uno no se atreve ni siquiera a poder pensarlo o hablarlo, todo está muy reprimido.

Empezar a hablar con la pareja implica poder llegar a descubrir esas cosas en uno mismo de las que no quiere saber nada. Aquí algunas claves:

 

1.APRENDER A HABLAR, EN PSICOANÁLISIS

Poder hablar es ser un sujeto hablante en la vida y eso va a hacer que haya comunicación en la pareja. Si uno habla, se vas a ir construyendo como ese sujeto hablante. Y si, además, hablo en psicoanálisis, ahí mejoro la relación de pareja y toda mi realidad, porque construyo mi sujeto psíquico. Voy a descubrir que no soy solamente eso que creo ser, sino que también soy aquello que no creía ser. Autoconocimiento y autotransformación es lo que aporta el psicoanálisis, y se produce en la relación analítica.

Uno se da cuenta de que, si ve algo en el otro, tanto si te gusta como si no, es porque de alguna manera tiene que ver con uno mismo, porque, si no, no lo vería. Es un trabajo conocerse a sí mismo, ya no solo conocer a tu pareja. Y así se puede escuchar mejor a la pareja y averiguar quién es esa persona con la que uno vive, qué desea. A quién habla cuando habla, desde dónde habla.

Y, del mismo modo, quién soy yo cuando me dirijo hacia el otro, porque a veces le tratamos como si fuera un niño, o un padre, el motor de mi vida o el freno de mano que utilizo como excusa para no avanzar, para no crecer, por envidia, por celos. ¡Cuánto se utiliza la pareja de excusa para las propias limitaciones que uno se autoimpone!

Y si hay hijos, mucho más. “Dejé de trabajar para atender a mis hijos” dicen muchas mujeres. “Dejé de hablar para no molestarle”. “Es que no quiero discutir”. En esos casos, lo que pasa es que no se conversa en la realidad, pero en la realidad psíquica sí, conversando y discutiendo. La bola se va haciendo cada vez mayor porque uno se alimenta a sí mismo de una manera grandiosa, se monta una película, cuando el otro no ha hecho nada.

O se enferma, porque toda esa energía que habría que sacar y ponerla en palabras hacia el exterior se vuelve hacia dentro y es autodestructiva. Puede ser en forma de pensamiento obsesivo o de enfermedad física, porque esa energía, cuando no se pone en palabras, se elabora a través del cuerpo. La agresividad no puesta en el exterior vuelve a uno.

Hablar también conlleva un poco de agresividad, que no es lo mismo que agresión. La agresividad es ese impulso necesario para salir del estado actual, sea cual sea. También para ser en el mundo material, porque uno entra en escena después de sus palabras. Si no habla, no entra en escena, está en su escena imaginaria, se queda fuera de la escena social. No es lo mismo estar en la realidad material, en la realidad social, trabajar para otros, que estar en la realidad psíquica. Esto hace mucho daño, es muy enfermizo. En la realidad de la relación lo que manda son los pactos, los proyectos. En la realidad psíquica lo que prima es lo que yo quiero o me gusta.

También puedo negar la realidad, forcluirla, tacharla, decir: esto no pasó. Ahí entramos en una estructura psicótica, porque creo una realidad paralela que no tiene nada que ver con la realidad material. Creo mi relación: el otro me dejó y yo sigo enganchada a esa relación que tiene valor de existencia para mí.

Es importante hablar, aunque se hable de cualquier cosa, de tonterías, del día a día: que si el supermercado, los niños… También se puede uno tomar un café con la pareja y hablar de los extraterrestres, del cosmos, del fútbol, de Literatura, cine. Para eso yo tengo que incluir otras cosas en mi vida, pero si yo estoy en una relación edípica, el mundo no existe.

Si solo hablo de mis sentimientos, de lo que me hace sentir él o ella… Yo fabrico mi realidad psíquica con él dentro, pero ni siquiera él, sino mi idea de él, que suele ser precisamente de lo que me he enamorado o lo que odio. Hay guerras que se abren y es imposible cambiar algo si no es a base de interpretación. Hay que cortar esa cadena significante para construir otra cadena nueva. El psicoanálisis es como un cirujano, porque entra con la interpretación justo ahí, a esa cuestión que está enquistada.

Es un trabajo muy bonito construir una relación saludable. Y no es que tenga que haber problemas en la relación o tengamos que llegar a una falta de comunicación para acudir a un terapeuta y poder trabajar estas cuestiones que nos van a ayudar a tener una relación mucho más constructiva, productiva, amable.

Cuando uno va cambiando en la pareja, ya hay una apertura. El otro ve que hay otra vía de salida a ese círculo vicioso en el que estaban atrapados. Es importantísima la entrada del tercero en esa dualidad, el psicoanalista, que suele ser siempre edípica, como hemos dicho. El padre viene a poner ley, un poco de orden a esa relación tan infantil. Es pacificador. Y se nota porque en cuanto la pareja viene a la sesión, mejora. Solo con que haya una escucha diferente, un tercero.

La pareja está dentro del mundo, pero cuando quiere hacer como si no hubiese mundo, es una locura de dos. Y no es mi mundo, mi idea del mundo, ése no es el mundo, el mundo es mucho más grande.

2.ACEPTAR LAS DIFERENCIAS

A veces, creemos que es mejor callar que hablar y entrar en conflicto, damos por supuesto que el otro va a pensar algo diferente a lo que uno piensa y eso va a provocar una mala situación. Eso es evidente, pero no tiene por qué generar un conflicto, es lo normal. Si uno lo toma como una ofensa: «si piensa diferente a mí, es que está contra mí, me está atacando porque yo pienso distinto, me está criticando…», es muy difícil conversar así.

Tenemos una idea de la relación de pareja como que tenemos que ser uno, iguales. Cuanto más nos parezcamos, más aficiones comunes tengamos, cuanto más de acuerdo estemos, es mejor. Eso es algo sacado de nuestro propio narcisismo: el narcisismo de las pequeñas diferencias.

Si no me toca, si no me produce nada, si no me transforma nada, ¡qué bien! Pero, aparte de ser muy aburrido, todo es principio de placer, y se corre el riesgo de ir a parar a los brazos de mamá otra vez, que es igual que la muerte, porque ahí hay poco mundo, o nada.

Cuando uno habla y el otro habla, se ve la diferencia. Y es frente a esa diferencia como si no quisiéramos saber. Cuando no se habla, aparecen los reproches, se vuelve a cuestiones del pasado, a sacar frases que el otro dijo hace no sé cuánto tiempo. Hay un aforismo de Menassa que dice: «No me deja crecer, me quiere asesinar, me mantiene en palabras anteriores

3. ESCUCHAR AL OTRO SABIENDO QUE ES DE ÉL DE QUIEN HABLA

Uno a veces se siente reñido. Tiene que hablar, tiene que escuchar y no tiene que impactarle la reacción del otro, porque ésta tiene que ver con el otro, no conmigo. Cuando uno habla con la pareja tiene que saber eso, y es liberador, porque uno va a poder escuchar de otra manera y eso va a tener un efecto en el otro, se va a dar cuenta de que está hablando de él mismo. Si el otro reacciona siempre de una manera agresiva o riñendo o discutiendo frente a lo que yo le digo, el que no tolera lo que yo le digo es el otro, es su problema.

Hay que escuchar al otro sabiendo que es de él de quien habla, no tomar como algo personal lo que dice. También poder diferenciar entre lo que dice, lo manifiesto, y lo que le pasa, que no tiene nada que ver con eso:

“¡Ay cariño, estoy súper triste!” y resulta que ha recibido una buena noticia, o justamente ese día recibió un goce por algo y no lo soporta. Ha pasado un fin de semana extraordinario y tiene una culpa tremenda. «A la mañana siguiente, después de cada polvo, propiamente el calvario», escribió Menassa. No soporto el goce que me produce vivir, ser feliz, y busco algo para romper esa felicidad.

Hay que tolerarse con sus cosas, porque son cosas que a todo el mundo le pasan, uno no es tan original, ni tan especial. Pero si uno va psicoanalizando esas cuestiones, entonces se maneja mejor en la realidad material. Tendencias saboteadoras de nosotros mismos tenemos todos, lo que nos diferencia es nuestra manera de renunciar a ellas.

Y también saboteadoras de la relación. Por ejemplo, uno está mal, con cierta culpa y va y le dice al otro justo la frase que sabe que al otro le hace estallar. Y ya produce la discusión necesaria para calmar esa culpa que tenía previamente.

4. ANALIZAR LA MORAL

Normalmente los seres humanos en general no queremos saber nada de nuestras propias miserias (miserias porque uno las siente como algo malo, miserable, aunque realmente son humanidades): pensamientos, fantasías, deseos… y la manera de que se muestre todo eso es hablando. Lo vemos cuando hablan los políticos, por ejemplo, se les ve la intención hostil en los lapsus, en los actos fallidos que tienen se ve claramente que hay hostilidad. Eso es lo normal, lo anormal es que nunca haya hostilidad, cuando está reprimida, luego discuto todo el tiempo.

Siempre hay una instancia moral que está todo el tiempo juzgando, que sería nuestro Superyó. Querer esconder es algo de la censura, y la moral sabe de eso, aunque uno no quiera saber, aunque el Yo diga “no quiero saber de eso”, la moral, el Superyó, sí lo sabe. No se le puede ocultar nada al Superyó, que está en contacto con lo reprimido, y la moral trabaja para él.

Es casi del orden de la religión, algo aprendido que se apoya en el mandato superyoico para tomar fuerza. Cuando hay una educación muy rígida, puede pasar que la moral sea mucho mayor, aunque también puede pasar con lo contrario, si todo vale, si no hay ley.

No es que he tenido unos padres determinados, sino lo que yo voy construyendo en mi crecimiento, voy aprendiendo cómo amar, trabajar, estudiar, a vivir… Voy construyendo los diques de mi vida, mi moral y mi ideología, aunque sea algo que se transmite de generación a generación. A veces vemos hermanos gemelos y no tiene nada que ver el uno con el otro, y se supone que han recibido la misma educación.

La moral es un dique a la sexualidad infantil, junto con la repugnancia y el pudor, son tres de los diques. Hay una parte de la moral que, podríamos decir, es necesaria como dique a esa sexualidad infantil, donde llega un momento en que no puede quedar a su libre albedrío. Pero cuando se alimenta de esa cuestión religiosa, superyoica, ahí se hace tirana. La moral mata más que los accidentes de tráfico u otras causas de muerte.

5. COMUNICARSE NO ES CONTARLO TODO

Si uno considera que hablar con su pareja es llegar y contarle todo lo que ha hecho en el día, con quién ha hablado, con quién fantasea, etc., pues eso es un obstáculo para el buen funcionamiento de la relación, porque es como tener que rendir examen. «Tengo que contarle a mamá todo lo que he hecho en el día», es poner a la pareja en la posición de mamá o de psicoanalista.

En general, creemos que la confianza se genera en que el otro me cuente todo y justamente la confianza es que el otro me cuente lo que quiera y yo confíe en él. Hay gente que le a la pareja da las claves del teléfono, del mail… Eso no es confianza. Confianza es poder tener una relación con la otra persona, respetando lo que el otro hace, su vida, lo que yo hago, mi vida, mi intimidad, su intimidad, dejando que el otro me entregue lo que él quiera.

Lo que uno tiene con la otra persona no es a la persona, ni siquiera la relación, lo que se tiene es un pacto. Comunicarse no es contar. Conversar es otra cuestión: es ir poniendo palabras a esa relación, a ese caminar juntos en determinados acuerdos, pactos, puntos de la vida. Pero son dos personas que van caminando cada una por su camino.

Cuando hay conversación, hay transformación. Esas parejas que se cuentan todo, pero no avanzan y encima se reprochan cosas del pasado, parece que hablan, pero no construyen nada nuevo. Están detenidos para no llegar a construir nada diferente a lo conocido. Más vale lo malo conocido a lo bueno por conocer. Hay ideología también.

Si yo le cuento al otro todo con pelos y señales, al final eso genera malestar. Empiezo una relación y, como le quiero mostrar al otro que soy guay, le cuento toda mi vida sexual anterior, y eso provoca un montón de cosas en el otro. Primero porque es mentira. Y el otro dice: «¿y yo quién soy, uno más?» cuando uno lo que quiere sentirse especial, le hago ver que había mundo antes que él. Ahí aparecen los celos y despierta excitaciones, porque yo le cuento mi vida sexual y al final el otro termina fantaseando mi vida sexual con otros. Eso le genera una contradicción, una ambivalencia, porque le excita, pero también lo rechaza, porque no quiere verlo.

La vida es de hoy en adelante, hay que construirla, no existe. Ni siquiera el deseo, motor de nuestra vida, existe antes de hacerse. Si entendiéramos esto, las relaciones serían muy diferentes. Porque lo único con lo que hay que manejarse es con la incertidumbre, con no saber qué es lo que va a pasar. Si somos espectadores en vez de actores protagonistas, dejo que la realidad pase, sin miedo.

6. ACEPTAR EL PASO DEL TIEMPO, EL CAMBIO

Hay una cuestión neurótica en el silencio, una detención, como si se quisiera parar el tiempo. La no aceptación de que nos hacemos mayores, de que vamos creciendo, que nos acercamos a nuestro propio final. Hay que aceptar que ese final existe, para poder vivir plenamente.

Esas parejas que no se comunican quizá creen que son inmortales, porque ni siquiera piensan que la relación puede finalizar. No están construyendo una relación sana que les ayude a vivir mejor, se quedan en una estructura patológica entre ellos donde los dos son cómplices de esa cuestión que sufren y padecen, pero tampoco se atreven a modificarla.

Prefieren quedarse detenidos en esa estructura, que sea el otro el que empiece a cambiar. Eso también es muy habitual, porque en esa falta de comunicación hay una idea de que el otro, por amor, tiene que saber lo que me pasa, adivinar lo que estoy pensando. Porque si me quiere, tiene que ser así. «Él ya me conoce y como yo voy a seguir siendo la misma toda mi vida, tiene que saber cómo voy a actuar en cada momento». Es una especie de locura.

¿Cómo va a ser uno el mismo toda la vida? Ni de un día para otro somos los mismos, ni siquiera uno se conoce, lo que quería ayer hoy ya se me ha olvidado. ¿Cómo tu pareja va a adivinar, si el pensamiento está en constante transformación? Es imposible si no se pone en palabras, porque el otro no es adivino. Y, entonces, no me vale, porque no es el dios del universo que yo pensaba que era cuando empecé la relación. No es mi yo ideal, mi holograma, es otra persona distinta.

Menassa viene a decir que el encuentro con el otro es algo muy agresivo. Produce una reacción antígeno-anticuerpo y que la mayor enfermedad del siglo XX es que nadie soporta a nadie. Así es como nos comportamos en el encuentro frente al otro. Hay que empezar a tolerar la diferencia y a tolerarnos diferentes, a sabernos diferentes y eliminar la idea de esa falsa inmortalidad, de que somos únicos. Y lo que somos es semejantes, pero diferentes.

7. EVITAR LOS PREJUICIOS ACERCA DE LA CONVERSACIÓN

Cada uno va con toda su ideología, su moral, su política, con sus deseos sexuales infantiles, y se encuentra con otro que va con su moral, su fantasía, su ideología, su política, sus fantasmas. Entonces ¿cómo hay que conversar? ¿Hay que ir con prejuicios, con ideas previas de cómo debe ser la conversación?

Hay que dejar que el otro me sorprenda. Uno no es protagonista de su vida, es espectador, tiene que ir viendo qué es lo que va pasando y ahí dejarse impactar y posicionarse frente a ello. Normalmente nos pensamos en la vida como actores: tengo que hacer esto, tengo que hacer aquello. Como si uno fuese único en el mundo y fuese tan poderoso que lo que hiciera vaya a cambiar el mundo, cuando lo que realmente somos es uno es entre otros.

Ésa es una vida menos angustiosa. No es que no haya que trabajar, que proyectar, hay que tener una actitud activa ante la vida, pero también hay que soportar que la vida me traiga lo que me trae. Y si estoy posicionado en un lugar donde lo que me llega no me gusta, puedo cambiar mi lugar. Eso sí lo puedo hacer, pero también soportar que hay veces que vienen cosas que a uno no le gustan.

Aquí conviene hacer una reflexión, hagamos un “selfie psíquico”: cuando yo discuto con alguien y veo que no me gustan cosas de esa persona, tengo que preguntarme qué me refleja de mí. Qué imagen de mí estoy proyectando sobre esa persona que no me gusta, o que me encanta y no soporto. Porque los otros nos hacen de espejo. Como no nos vemos, miramos a otro semejante, humano, y ahí vemos quiénes somos. Y lo que nos dice es, básicamente: eres un humano, hablas y eres mortal.

Hay veces que tanto lo que me gusta como lo que no me gusta de mí, puedo soportarlo o no. Porque no es que lo que me gusta de mí lo soporto y ya está. A veces lo que me gusta de mí no lo soporto o lo que no me gusta, me encanta. El ser humano es muy complejo, no podemos simplificar. Por eso es mejor hablar siempre, porque es la manera de poder construir otra manera, diferente, ni mejor ni peor.

8. HABLAR ES PARTE DE LA SEXUALIDAD

Es fatal la incomunicación sexual, porque hablar forma parte de la sexualidad. Es muy excitante y despierta la mente. Hay un ejemplo que el doctor Menassa dice en una conferencia y que es muy ilustrativo: si yo voy a la universidad y me entusiasmo con el profesor de Física y aprendo un montón de cosas y me enamoro de esa situación, después llego a casa y le puedo transmitir ese entusiasmo a mi pareja de mil maneras. No le tengo que ir a decirle «¡ay, qué guapo es el profesor de Física!» pero todo el entusiasmo de lo nuevo que estoy aprendiendo sí se lo puedo transmitir a mi pareja.

Lo que está bien de vez en cuando es hacer una escena de celos, aunque no los sientas. Haces una escena de celos y el otro se siente querido. No generar celos, eso es un ataque, porque el otro los va a sentir igual. Todos tenemos esos sentimientos, lo que nos diferencia es cómo reaccionamos frente a los celos. El pasado también es una construcción desde el futuro. Uno es cambiante, puede transformarse a cada momento: lo que me gustaba ayer no me gusta hoy.

Otra cosa es que la verdad no existe, siempre es una construcción y dura poco. Es mi verdad, no sabemos si es la verdad. La verdad funciona para las religiones, los ejércitos, para someter a las sociedades. Para las parejas la verdad no existe, siempre hay una certidumbre y una incertidumbre. La sinceridad es relativa, porque uno ni siquiera es sincero consigo mismo, muchas veces nos engañamos. Somos un sujeto dividido: consciente e inconsciente. Y lo que le sirve a un sistema no le sirve al otro, son diferentes.

El Yo es coherente, es sincero, todo lo quiere decir, todo lo quiere saber, controlar. Pero luego está su deseo, el Ello, y todo lo inconsciente que no tiene una lógica desde la conciencia y que es totalmente incoherente y que también forma parte de nosotros, aunque esté como dividido, como si fuera otro.

Hay que conocerse, porque cuando uno dice: “hoy voy a llegar a casa y no pienso discutir, le voy a dar muchos cariñitos y vamos a hacer el amor”, prepárate. Porque se la estás montando bien. Los buenos propósitos no son tan buenos, porque puede ocurrir que al llegar a casa el otro haga un movimiento que no estaba en previsto, y ya se rompe todo, ya es que no me quieres.

Otro ejemplo es cuando uno quiere adelgazar, o quiere dejar de fumar y dice: hoy no voy a fumar. Pues ese día va a fumar. Es mejor esperar, convertirse en espectador: a ver si fumo hoy. Son dos posiciones distintas, porque de esta manera uno va viendo lo que hace su deseo, cómo le mueve y a dónde le lleva. Porque cuando decimos «no», es para poder decir la frase, para poder tolerar lo negado.

9. CONSEGUIR TIEMPO PARA ESTAR JUNTOS

Se nota que hay muchas rivalidades con las familias de origen que generan falta de comunicación. Que si tu madre, que si mi madre, tu padre… Yo estoy en mi realidad. ¿Qué me trae tu madre que no veo yo en la mía? Me aporta una diferencia que no soporto, porque es muy buena o porque es muy mala. Algo me trae distinto de lo aprendido, es por el narcisismo de las pequeñas diferencias, que hay tantos choques.

Esa cuestión de «todos los domingos a casa de la suegra, todos los sábados a casa de mamá…» ¿Y la relación, qué? ¿Cómo se construye esa relación, si todo nuestro tiempo de ocio está dedicado a las familias de origen? También hay que construir el tiempo de la familia que estoy creando, aunque no tenga hijos todavía.

Construir un tiempo también es un tiempo de palabras. Conversar entre la pareja, pero también hay que conversar con los hijos. Una pareja que conversa, a la vez también es una familia en la que se conversa. Si no hay palabras, no existe relación. Hay parejas que viven a doce mil kilómetros y se llevan fenomenal, y construyen una relación porque hay conversación. Y hay parejas que viven todo el día juntos y no hay relación.

Uno puede vivir toda su vida, haber tenido hijos y morir sin saber nada de su vida, sin haber construido ningún conocimiento sobre sí mismo. Todas las vidas son vidas. Hay que respetarlas. Cada uno construye su vida en relación al trabajo que pone, y hablar también es un trabajo.

Cuando se pone en palabras el conflicto: “mire doctor, hoy he discutido con mi pareja…” se elabora, se llega a la cuestión que está en el fondo, que nunca coincide con lo que uno cree que era el motivo de la discusión, y se quita del cuerpo esa afectividad. Porque, si no, los afectos generan “agujeros” en el cuerpo.

Siempre es mejor hablar que enfermarse y con psicoanálisis podemos aprender a hablar, a comunicarnos.