Estamos en periodo de vacaciones, un tiempo que nada tiene que ver con la rutina del trabajo, de los 11 meses precedentes en los que todo está pautado: horarios, trabajo, actividades, relaciones con la familia y amigos, etc.

La mayoría de las veces, nos pasamos todo el año deseando que llegue ese tiempo de asueto, las vacaciones. Las idealizamos como una época de libertad y disfrute, un estado diferente en el que podemos hacer lo que queramos sin las restricciones marcadas por lo laboral y la rutina de las diversas obligaciones cotidianas.

Pues bien, ya están aquí, y hay que poder gestionarlas de manera que sean un espacio que nos beneficie y ayude de cara al resto del año. Y esto no siempre es tan fácil como parece. Generalmente, se asocia el stress al ritmo de trabajo, a las obligaciones que nos absorben durante todo el año, pero cambiar toda esa actividad también nos puede estresar.

Por mucho que protestemos por las imposiciones de la rutina, hay que saber que ésta tranquiliza, es un lugar seguro. No hay que pensar qué hacer, porque ya está todo programado. Nos asegura el espacio que vamos a dedicar a cada cosa: el trabajo, el tiempo en familia, los fines de semana con su pequeña libertad de acción, etc.

Todo esto se trastoca en vacaciones, hay que «resetear» nuestras ideas: en qué actividades empleamos el tiempo, a quién vamos a ver, dónde vamos a estar… Y esto, en muchos casos, nos produce una cierta angustia que, encima, tendemos a disimular porque ni siquiera la comprendemos o, incluso, tampoco nos damos cuenta de que la padecemos.

Ante esta situación, hay diversas salidas. Hay casos de gente que lo rompe todo con tal de no acceder a ese otro espacio, con tal de no interrumpir su tranquilizadora rutina y ser diferentes por un tiempo.

 

LA CULPA

A veces, también existe un sentimiento de culpa inconsciente, que nos obliga a autocastigarnos, a tratarnos mal. La culpa es un afecto muy mal tolerado, busca permanentemente un castigo para calmarse, y si no lo encuentra, lo fragua.

Todo premio o satisfacción que la vida nos ofrece, como las tan merecidas vacaciones, aumenta el sentimiento de culpabilidad y el desasosiego que lo acompaña, y busca castigo de la forma que sea.

A esto se une que, cuando llegan las vacaciones tan deseadas durante el año, nos damos cuenta de que la vida sigue, de que no era la solución que nos completa y satisface. Tenemos que continuar haciendo cosas, trabajando de otra manera, buscando otras metas.

Ante esta situación, a veces preferimos no permitirnos la pausa de las vacaciones, para no caer en esa decepción.

 

LA INTERRUPCIÓN Y EL GOCE

Tolerar la pausa de las vacaciones permite que podamos disfrutarlas para poder retomar de nuevo el trabajo después. Y esto es una cuestión psíquica que tiene mucho que ver con cómo puntuamos la realidad.

Según algunos estudios, se calcula que el 67% de los españoles es incapaz de desconectar del trabajo durante las vacaciones de verano. Más allá de las obligaciones, es una cuestión que tiene que ver con la dificultad de concebir la interrupción.

Para el psicoanálisis, lo que interrumpe el placer, la quietud, la tranquilidad, es la sexualidad, porque la sexualidad siempre es un encuentro que no se realiza, siempre es un encuentro a medias, como la verdad, es un encuentro que falla.

Y sexualidad tiene que ver con la palabra, es decir, todo lo que toca el ser humano es sexual, puesto que tiene que ver con el lenguaje. Somos lo que decimos, y también lo que callamos, cómo puntuamos, dónde hacemos las pausas, los silencios, etc. En definitiva, somos lenguaje.

Cuando Freud define una situación deseante, la funda sobre una situación mítica, que explica en “La Interpretación de los sueños”. En esta situación, Freud dice: la energía de lo necesario es continua. Esa energía de lo necesario se caracteriza por interrupciones que corresponden a encuentros con objetos reales.

Según el psicoanálisis, toda interrupción, porque es interrupción del placer, representa el Goce. La interrupción del goce primordial con la madre es vital para la constitución del psiquismo humano. Permite cambiar al goce humanizado de la palabra.

El placer, la tendencia al equilibrio, cada vez que se interrumpe -y es la muerte la que interrumpe- produce goce. Es estrictamente revolucionario el goce, porque implica la muerte como concepción e implica al otro. Es decir, implica el mundo terráqueo, el que goza es un terráqueo, un ser humano. Y para ser un terráqueo hay que conformarse con ser un elemento transitorio de la cadena. Si aceptamos esto, la mortalidad, podremos tener una vida más o menos satisfactoria.

Freud dice que sólo vivimos por las interrupciones que se van produciendo en una tendencia natural de la sustancia viva a morir. Es decir, que las interrupciones, los errores, son los que consiguen que no se produzca el cortocircuito, que rápidamente llevaría a la muerte. Que, si no hay error y no hay interrupción, la sustancia viva tiende a no serlo.

El goce es lo opuesto al placer, el límite al placer, en tanto marca la muerte. La angustia está entre el goce y el deseo. Por eso a veces preferimos quedarnos donde estamos en lugar de acceder a otros mundos, al movimiento, al cambio, a descubrir nuestro deseo.

Cuando ya todo es fácil, hemos transformado el goce en placer… la interrupción te devuelve al goce humanizado.

 

LA PULSIÓN

La pulsión sería, para Freud, el montaje mediante el cual la sexualidad interviene en la vida psíquica. Es decir, que la pulsión como tal, para intervenir en la vida psíquica tiene que someterse a la estructuración inconsciente, es decir, a las leyes del significante.

En el texto «Más allá del principio de placer», la dialéctica pulsional va a quedar formalizada por el encuentro de dos tendencias: una tendencia a la separación y a la quietud y una tendencia a la unión y al movimiento. La tendencia a la separación y a la quietud será el instinto de muerte, y la tendencia a la unión y al movimiento será Eros, el instinto de vida.

Los fundamentos de la muerte o la inscripción de la Pulsión de muerte, instalan un tipo de dialéctica insoportable. En el sentido de que, si de desear se tratara y nos dejaran, sólo desearíamos la muerte. Toda interrupción de nuestro deseo es vida.

Los dos instintos, el de vida y el de muerte, en el inconsciente, se funden en uno solo, pero lo grave es cuando los componentes se separan. Como un niño que abraza y araña al mismo tiempo.

En lo que se llama amor humano, hay una parte de agresividad sin la cual no habría sino impotencia, pero que puede llegar hasta dar muerte al partenaire, y una parte de libido que desembocará en impotencia efectiva si no existiera la parte de agresividad.

Si ambas partes funcionan juntas, tenemos el amor humano. Cuando uno de los componentes funciona solo, entonces aparece la pulsión de muerte.

 

SOMOS LENGUAJE

Lacan llega a decir “hay algo superior en el hombre que es precisamente lo que no está en el hombre, que es el lenguaje”

El que habla, aunque para la lógica social diga tonterías, para el psicoanálisis no dice tonterías, porque al psicoanálisis no le interesa si se dicen o no tonterías, sino cómo se dicen, cómo se puntúan, cómo se sistematizan esas palabras.

Está claro que podemos desprender, no con facilidad, que un psicoanálisis donde el paciente hable poco, está gobernado por el instinto de muerte. Por eso es tan importante la puntuación, porque nos viene a indicar de qué manera está estructurado nuestro psiquismo.

Por ejemplo, hay gente que termina todas las frases con puntos suspensivos, abiertas, sin final, que no puede cerrar un sentido. Esto puede tener relación con que, para ellos, poner el punto es como morir. Y estas cuestiones nos van definiendo, van determinando nuestra manera de estar en el mundo, de dirigir nuestra vida y nuestros actos.

Toda pasividad debe ser investigada como crueldad. En todo tipo de pasividad, antes de decretar masoquismo o depresión, habría que investigar, acechar a la pasividad con el punto de mira de la crueldad. Es decir, el silencio de toda apatía bien puede ser la elaboración del instinto de destrucción.

No se puede saber cómo va a ser la vida de un hombre, se puede saber cómo fue la vida de un hombre. Y esto no depende de cómo fue, sino de las circunstancias especiales en que este hombre decide construir esa vida vivida.

Es decir, que la vida de cada sujeto se va construyendo en base a las decisiones que toma, de cómo prefiere enfrentarse a situaciones que pueden causarle conflictos.

No es lo mismo huir que solucionar, y el psicoanálisis nos ayuda a procesar de manera más favorable la realidad y los retos a los que nos somete.

 

LA PUNTUACIÓN

Debemos considerar las vacaciones como un punto y aparte, en el sentido de que suponen una especie de paréntesis, algo que está en el texto de nuestra vida pero que, a la vez, está como fuera del relato general.

Es importante distinguirlo del punto y seguido, que sería por ejemplo la semana laboral y el fin de semana.

Y también debemos diferenciarlo del punto y final que, como sabemos, es la muerte. A veces no podemos interrumpir porque lo identificamos con el final, irremediable, de la vida, pero no es así, es simplemente un cambio de actividad, otro nivel, una página en blanco.

Si podemos poner ese punto y aparte, disfrutar de ser otros en ese tiempo, después volvemos al trabajo revitalizados, con ilusión, renovados en el deseo.

Y para eso, la terapia psicoanalítica es un instrumento altamente eficaz, que nos permite puntuar nuestra vida y poder gestionar de manera satisfactoria nuestros afectos, miedos y dudas.

Las vacaciones son un excelente momento para iniciar ese camino que nos lleve a un mayor grado de autoconocimie