A veces nos sorprendemos intentando recordar dónde hemos dejado las llaves, o cuál es el nombre de esa persona a la que conocemos de sobra, o de repente nos acordamos de un detalle insignificante de nuestra infancia. Detrás de estos ejemplos se encuentra una compleja estructura a la que llamamos nuestro psiquismo. Vamos a ver cómo funciona.
QUÉ ES LA MEMORIA
La memoria no puede separarse del aparato de la percepción, puesto que se nutre de ella, pero la percepción no puede almacenar datos, imágenes, se saturaría. Cuando percibimos (vemos, oímos, tocamos, etc.) hay un pasaje al lugar en que ciertas huellas se conservan, que es la memoria.
De este modo, la memoria son huellas que se asocian a unas huellas mnémicas más fácilmente que a otras. La percepción deja una huella que, desde el momento que entra en el aparato psíquico, deja de ser de percepción para convertirse en memoria, porque para entrar en el aparato ha quedado modificada por el propio sujeto en ese pasaje.
Es decir, cuando percibimos, cuando vemos, cuando sentimos algo conscientemente, ese algo ya ha sido transformado por nuestro propio sistema perceptivo para poder ser percibido. Percibimos la realidad con nuestra realidad psíquica, sobredeterminada por nuestro deseo inconsciente.
Por tanto, la memoria son rastros de las huellas de memoria y los recuerdos siempre son encubridores de lo que pasó, que no sabemos qué fue. Porque el aparato perceptivo no puede almacenar información. Las huellas de la percepción se asocian temporalmente a las huellas de memoria, y lo que queda en el aparato son las huellas de memoria en cadena asociativa.
Más allá de la clasificación que especifica los tipos de memoria (a corto, medio o largo plazo; espacial o sensorial, etc.), lo que nos interesa es la manera en que el aparato psíquico retiene ciertas cosas y otras no, y cómo las conserva.
LA IMPORTANCIA PSÍQUICA DE LOS RECUERDOS
La reproducción mnémica de la vida consiste en una concatenación coherente de recuerdos que comienza a partir de los seis o siete años, o incluso más tarde. A partir de ese momento, parece existir una relación constante entre la importancia psíquica de un suceso y su adherencia a la memoria: si después de mucho tiempo recordamos un suceso, lo consideramos una prueba de que dicho suceso hubo de impactarnos. Nos asombra más olvidar algo importante que recordar algo nimio.
Sin embargo, esta relación aparentemente normal entre importancia psíquica y adherencia a la memoria desaparece bajo ciertos estados anímicos patológicos. Este es el caso de la histeria. Los pacientes histéricos presentan una amnesia total o parcial sobre aquellos sucesos acontecidos o fantaseados que han provocado su enfermedad y que, por esta misma causa, han adquirido una gran importancia.
Existe una analogía entre la amnesia histérica y la amnesia normal de los años infantiles. Cabría pensar que los recuerdos infantiles que permanecen en nuestra memoria son aquellos que más impresión nos causaron de niños y, sin embargo, sorprende que los recuerdos infantiles más habituales tengan como protagonistas actos o eventos sin interés aparente.
El recuerdo es una representación parcial y los elementos no aparentes en él han sido “omitidos”. El olvido es efecto de la represión.
LA REPRESIÓN
Podríamos decir que el sujeto tiene ojos hacia dentro y hacia afuera. En efecto, todo lo que percibe del mundo exterior va a estar tocado, transgredido y deformado por su mundo interior, lo que le hace ser parcial: sólo lo que tenga que ver consigo mismo, aquello en lo que ha puesto su energía psíquica, le resulta familiar. Y viceversa, rechaza en los otros lo que no ve en sí mismo.
Frente a un estímulo exterior displacentero, el medio de defensa más efectivo es la fuga. Cuando se trata de un estímulo pulsional, proveniente de nuestro psiquismo, la fuga no es posible, puesto que no se puede huir de uno mismo. Sin embargo, existe un mecanismo para defenderse de ese estímulo, que es su enjuiciamiento y condena. La represión sería una fase preliminar de la condena, una opción intermedia entre la condena y la fuga.
¿Por qué reprimimos los estímulos pulsionales? La satisfacción del estímulo pulsional produciría placer en un lugar del aparato psíquico, pero displacer (aumento de la tensión psíquica) en otro. Para que se produzca la represión tiene que darse la condición de que el displacer producido por la satisfacción sea intolerable para el sujeto.
La esencia de la represión consiste en rechazar y mantener alejadas de lo consciente a determinadas representaciones.
Existe una primera fase de la represión, primitiva o primaria, que consiste en una negación del acceso a la conciencia de la representación psíquica del estímulo pulsional. Esta negativa produce una fijación: la representación psíquica a partir de este momento perdura inmutable y el estímulo pulsional ligado a ella, inaccesible.
En una segunda fase, la represión recae sobre ramificaciones psíquicas de la representación reprimida o sobre otras series de ideas que, procediendo de otras fuentes, han entrado en conexión asociativa con la representación reprimida. A causa de esa conexión, estas representaciones, que podríamos llamar secundarias, sufren el mismo destino que la representación primitivamente reprimida. De este modo, lo primitivamente reprimido ejerce una atracción sobre todo aquello con lo que entra en contacto.
Este mecanismo explicaría el olvido. Olvidamos aquello que entra en contacto con lo primitivamente olvidado o reprimido.
La represión no impide a la representación permanecer en lo inconsciente, continuar organizándose, crear ramificaciones y establecer relaciones. La represión sólo estorba la relación de la representación con la conciencia. Sin embargo, la representación se desarrolla libremente cuando ha sido sustraída de la influencia de lo consciente, ya que actúa de manera desconocida para el sujeto, ajena a su voluntad.
Cuando alguna de esas ramificaciones conectada a la representación reprimida logra alejarse lo suficiente de ella, porque ha sido deformada lo suficientemente o porque entre ellas han sido interpolados otros elementos, puede lograr acceder a la conciencia.
En el análisis, invitamos al paciente a hablar sin censurar, sin filtrar ni criticar sus ocurrencias, con el objetivo de que pueda producirse la asociación libre.
Cuando el sujeto asocia libremente, puede con todo aquello que es capaz de emerger a la conciencia. El sujeto habla, asocia libremente y puede asociar muchísimas cosas hasta que su discurso tropieza con la idea en la que su relación con lo reprimido actúa tan intensamente, que tiene que repetir su tentativa de represión.
La represón es el acontecimiento por el cual se desencadena en el sujeto un hecho tan grave para él, que lo divide. El yo es quien genera la ilusión de una completud inexistente.
En esa ficción lo psíquico verdaderamente real es lo inconsciente que se produce en análisis.
LAS FALSEDADES DEL RECUERDO
En la amnesia, se olvida la información asociada al pensamiento o deseo reprimido. El olvido del contenido conflictivo para el sujeto, conflictivo por estructural, lo lleva a olvidar gran cantidad de información asociada de manera significante con el mismo.
No se trata de un recuerdo infantil, sino de una fantasía retrotraída a la infancia, que adquiere su valor por representar en la memoria impresiones y pensamientos, cuyo contenido se halla enlazado al recuerdo por relaciones simbólicas. Una especie de expresión metafórica cuyo verdadero valor mnémico no se debe al contenido, sino a la relación del mismo con otro contenido reprimido. Esto quiere decir que todos nuestros recuerdos son encubridores.
Es decir, son recuerdos que se cargan de energía para ocultar con su forma llamativa otras escenas de corte más traumático, doloroso o menos tolerable, es decir, otras asociaciones o cadenas asociativas. Estos recuerdos muestran gran adherencia a la memoria a pesar de su carácter, en muchas ocasiones, indiferente. Y al sujeto le suele llamar la atención, porque recuerda esos contenidos nimios en vez de otras cuestiones más importantes de la misma época.
Pero no es que los elementos más importantes hayan sido olvidados, sino que han sido omitidos por estar asociados con otros contenidos más intolerables para el sujeto. Cuando tratamos de olvidar algo, reprimimos otros pensamientos que se encuentran en conexión asociativa con el contenido que se pretende olvidar, aunque no fuera la intención olvidar todo ese otro contenido.
Los recuerdos sustitutivos que surgen cuando se trata de hacer accesible un determinado contenido no son injustificados, sino que surgen, como en una especie de transacción, de la solución intermedia a un conflicto entre dos fuerzas: una que, basándose en la importancia del suceso o fantasía trata de expresarlo y otra que se opone a tal propósito.
Sin el lenguaje no hay recuerdos. El recuerdo jamás es una reproducción de la impresión original. Por eso cuando recordamos una escena infantil, nos vemos desde una posición de observador que advierte la escena del protagonista, en el que reconocemos a nuestra propia persona.
Los recuerdos infantiles conscientes son falsos o inexactos. No es que hayan sido inventados, sino que transfieren la situación a un lugar en el que no se desarrolló, funden a varias personas en una sola o las sustituyen entre sí o resultan ser una amalgama de distintos sucesos.
Por lo tanto, los recuerdos conscientes son un material sobre el que trabajar, pero no tomándolos como una fiel representación de lo acontecido, sino como un contenido manifiesto encubridor a partir del cual, mediante una interpretación psicoanalítica, se puede llegar al contenido encubierto por ese recuerdo, que transfirió por desplazamiento su valor.
Las falsedades del recuerdo no son azarosas o inocentes sino tendenciosas y están destinadas a reprimir o sustituir representaciones que al sujeto le resultan intolerables.
Por lo tanto, a pesar de que se trate de recuerdos infantiles, los recuerdos falseados nacen en una época en la que esos conflictos e impulsos de la represión influyen en la vida anímica del sujeto, es decir, en una época posterior a la infantil.
Todos nuestros recuerdos conscientes nos muestran las impresiones, no como fueron originalmente, sino como nos parecen al evocarlas, es decir, esas impresiones se forman, se construyen recurriendo a material mnémico, siendo el motor y director de tal construcción el deseo inconsciente. Tanto en la formación como en la selección de los recuerdos intervienen toda una serie de motivos muy diferentes al propósito de fidelidad histórica.
LA MEMORIA ES INCONSCIENTE
En el aparato psíquico la energía ni se crea ni se destruye, se transforma. El Psicoanálisis toma de la Física la Ley de la conservación de la energía para dar cuenta de cómo el sujeto psíquico no abandona nunca algo que le hizo gozar, en todo caso, lo reprime, lo olvida, lo censura.
La memoria es inconsciente y los contenidos y recuerdos que llegan a nuestra conciencia se encuentran deformados, disfrazados, para poder llegar a ella.
Los recuerdos son siempre recuerdos encubridores.
Hasta la producción del concepto de inconsciente en 1900 con la obra “La Interpretación de los sueños” de Sigmund Freud, existían ciertos fenómenos que sólo podían explicarse con hipótesis fisiológicas u orgánicas, como por ejemplo los actos fallidos o los sueños.
Bajo la denominación “actos fallidos” encontramos varios tipos de fenómenos: las equivocaciones orales o lapsus linguae (cuando una persona dice una palabra por otra), equivocaciones en la escritura (cuando uno escribe una cosa diferente de la que pretendía), equivocaciones en la lectura (cuando uno lee una cosa diferente a la que está escrita), falsa audición (cuando se escucha algo diferente a lo que ha sido pronunciado, sin que exista una perturbación orgánica de las funciones auditivas).
Otro grupo de estos fenómenos presenta su base en el olvido, pero no un olvido duradero sino temporal. Por ejemplo, cuando olvidamos un nombre propio y lo “tenemos en la punta de la lengua”. Lo reconocemos rápidamente cuando otra persona lo pronuncia o cuando después de un tiempo lo hallamos por nosotros mismos. O cuando olvidamos hacer algo que nos habíamos propuesto y después, transcurrido el tiempo en que debiera haber sido realizado, lo recordamos.
La clasificación también incluye otro grupo distinto de olvidos, en los que falta el carácter temporal y que se produce cuando no recordamos dónde hemos puesto un objeto o lo perdemos definitivamente.
Estos pequeños accidentes suelen ser considerados insignificantes y faltos de trascendencia o consecuencia de algún proceso fisiológico, de la enfermedad o del envejecimiento. Nada más lejos de la realidad.
El Psicoanálisis centra su atención en el estudio de estos fenómenos, que lejos de ser nimiedades o producto de una enfermedad orgánica, considera importantes y complejos fenómenos psíquicos cargados de sentido.
Los olvidos temporales o permanentes son fenómenos que pueden ser explicados e integrados en el conjunto del suceder psíquico de un sujeto. Fenómenos psíquicos completos con un sentido y una tendencia. Son la expresión de intenciones que, a consecuencia de la propia autocensura, no encuentran otro medio de expresarse. Son consecuencia de un conflicto entre dos tendencias psíquicas, que da lugar a un producto transaccional, porque que el hombre normal está movido por tendencias contradictorias.
¿DÓNDE ESTÁ LA MEMORIA?
El inconsciente no está localizado en ningún lugar, en ninguna neurona. La memoria, más que un habitáculo, es un proceso, una producción. No está en ningún lugar, sino en las palabras pronunciadas.
Todo aquello que el olvido ha suprimido del contenido manifiesto puede ser producido en el análisis.
El Psiquismo no está en el cuerpo, está en un lugar ideal, por eso que la memoria tampoco está en el cerebro. Eludiremos toda tentación de ubicar una localidad psíquica, manteniéndonos en el terreno psicológico y explicando con hipótesis psicológicas los fenómenos psicológicos, como hace Freud.
Para ilustrarlo, nos propone como representación auxiliar el ejemplo del telescopio y el microscopio: la imagen surge en un lugar del interior del aparato. Este lugar es un punto ideal en el que no se halla ningún elemento concreto. El instrumento puesto al servicio de las funciones psíquicas sería como un microscopio: la localidad psíquica se correspondería con un lugar ideal del interior de ese aparato.
De este modo, el aparato anímico sería un instrumento compuesto de elementos a los que denominamos instancias o sistemas (para seguir con la representación auxiliar, a modo de los diversos sistemas de lentes del microscopio). No es necesario pensar que esos sistemas psíquicos están ordenados de un modo espacial, pero sí que existe un orden fijo de sucesión temporal en los procesos psíquicos: la excitación recorre los sistemas conforme a una sucesión determinada. Y este orden puede quedar modificado en otros procesos, como por ejemplo en el proceso de interpretación psicoanalítica.
El aparato posee una dirección, que es seguida por la actividad de los procesos psíquicos: parten de los estímulos internos o externos y terminan en inervaciones. El aparato tendría un extremo sensible y un extremo motor. En el extremo sensible habría un sistema que recibe las percepciones y en el extremo motor, un sistema que abre las compuertas de la motilidad. El proceso psíquico se desarrolla, en general, pasando desde el extremo de percepción hasta el extremo de la motilidad.
El proceso de reflexión es el modelo de todas las funciones psíquicas.
Las percepciones que nos llegan dejan en nuestro aparato psíquico una huella a la que llamamos “huella mnémica”. La función que a esta huella mnémica se refiere es lo que denominamos memoria. La huella mnémica consiste en modificaciones permanentes de los elementos del sistema. Pero el sistema no puede retener fielmente modificaciones de sus elementos y conservar constante su capacidad de acoger nuevos motivos de modificación. Por lo que podríamos pensar en la existencia de dos sistemas diferenciados:
A. El sistema de percepción: es el que acoge los estímulos de percepción y no conserva nada de ellos. Carece de toda memoria.
B. El sistema de memoria: Se encuentra temporalmente detrás del sistema de percepción y transforma la momentánea excitación de éste en huellas duraderas.
Las percepciones se hallan enlazadas entre sí en la memoria conforme a su primitiva coincidencia en el tiempo. A este hecho lo llamamos “asociación”. Pero el sistema de percepción no puede conservar las huellas para la asociación puesto que carece de memoria. Los elementos del sistema de percepción quedarían obstruidos si un resto de una asociación anterior se opusiera a una nueva percepción. Así que son los sistemas mnémicos los que constituyen la base de la asociación, es decir, las asociaciones se realizan con los elementos de la memoria y no los de la percepción.
El hecho de que el sistema de percepción no posea capacidad para conservar las modificaciones, es decir que carezca de memoria, aporta a la conciencia todas las cualidades de los órganos de los sentidos. La conciencia sería un órgano de percepción. Sin embargo, los recuerdos son siempre inconscientes. Pueden hacerse conscientes, pero en estado inconsciente despliegan todos sus efectos.
Lo que llamamos el carácter, reposaría sobre las huellas mnémicas de nuestras impresiones, y precisamente las impresiones que han actuado más intensamente sobre nosotros, es decir, las de nuestra niñez, son las que no se hacen conscientes casi nunca (los primeros significantes recibidos).
La imagen de percepción en realidad no existe, no existió nunca, en tanto que, para convertirse en una huella de memoria, tuvo que transformarse (al modo de ese sujeto, deformada por ese sujeto, por sus significantes, por su lenguaje). Cuando se recuerda, cuando se reflexiona, también se va a la búsqueda de la imagen de la percepción.
Podríamos explicar graves enfermedades de la memoria como la enfermedad de Alzheimer por estos mismos procesos del olvido, dada una determinada posición psíquica que podría llevar al sujeto a olvidar todos los hechos y recuerdos asociados con el contenido que quiere olvidar, llegando así a olvidar una gran parte de su vida.
El olvido normal y el patológico son una cuestión de cantidad. Como sucede en la diferencia salud-enfermedad. Podíamos hablar de olvido normal (el necesario para aprender, para vivir) y el olvido patológico que puede darse bajo diferentes posiciones psíquicas de manera llamativa: amnesia histérica, enfermedades tipo Alzheimer, etc.
A través de la terapia psicoanalítica, podemos acceder a un conocimiento de nuestros propios procesos inconscientes, aumentando nuestra calidad de vida y la de quienes nos rodean.