En general, nos pasamos todo el año deseando que lleguen las vacaciones, como si con ello se solucionasen todos los problemas y nos llegara la felicidad absoluta.
Pero a veces ocurre que nuestras expectativas no se corresponden con la realidad. Para muchas personas, las vacaciones pueden ser un periodo de stress intenso, cansancio y sensación de obligación.
Es una tendencia generalizada el idealizar las vacaciones. Pero debemos tener en cuenta varios factores que pueden enturbiar ese periodo de tiempo.
QUÉ CAMBIA EN VACACIONES
Los niños no tienen colegio, lo cual implica un mayor tiempo de convivencia familiar en el que, a veces, los padres tienen que hacer equilibrios para mantener sus obligaciones, y esto puede generar roces o malestares en casa.
- Se modifica la rutina, lo cual puede desestabilizar nuestro aparato psíquico, nos sentimos desprotegidos. Estamos obligados a pensar en qué emplear el tiempo, a inventar permanentemente maneras de entretenernos. Cuando el ocio no está previamente planificado, se produce una situación de «caos» mental, podríamos decir, que afecta a la manera en que funciona nuestro organismo.
Esto puede provocarnos ansiedad. Y es que, en vacaciones, ya estemos en casa o en otro destino, no tenemos que trabajar, hay más tiempo libre. Escapar a la rutina diaria es algo que parece siempre deseable, pero a veces puede provocar en nosotros un vacío, un no saber qué hacer. Nos atrapa el aburrimiento, y es algo que conviene saber gestionar, para evitar «soluciones» que no nos convienen.
- Otro factor que puede desestabilizarnos es que, cuando llegan las vacaciones tan deseadas durante el año, nos damos cuenta de que la vida sigue, de que no era la solución que nos completa y satisface. Tenemos que continuar haciendo cosas, trabajando de otra manera, buscando otras metas. Eso puede producir una especie de decepción que, a veces, intentamos colmar con la comida, un aumento de bebida o algún otro exceso.
- A veces, puede existir un sentimiento de culpa inconsciente, que nos obliga a autocastigarnos, a tratarnos mal. La culpa es un afecto muy mal tolerado, busca permanentemente un castigo para calmarse, y si no lo encuentra, lo fragua. Todo premio o satisfacción que la vida nos ofrece, como las tan merecidas vacaciones, aumenta el sentimiento de culpabilidad y el desasosiego que lo acompaña, y busca castigo de la forma que sea.
- En vacaciones, también, aumentan las reuniones familiares, con personas que no son habituales: hermanos, abuelos, tíos, sobrinos o cuñados. Y esto a veces puede producir un aumento del stress que no estamos acostumbrados a procesar.
Siempre se asocia el stress al ritmo de trabajo, a las obligaciones que nos absorben durante todo el año. Pero también, a veces, los afectos ligados a reencuentros familiares, ya sean gratos o ingratos, pueden llevarnos a una situación difícil de gestionar.
LOS ENFRENTAMIENTOS FAMILIARES
Sabemos que la familia es el lugar donde aprendimos a manifestar nuestros sentimientos y afectos, el primer lugar donde pudimos expresarlos. Y por eso, en muchos casos los límites necesarios para establecer relaciones con las personas se ven desbordados en la familia.
Nos gustaría que las relaciones con la familia fuesen fluidas y tranquilas, pero a menudo surgen tensiones que pueden derivar en situaciones tensas y desagradables, o incluso en violentas discusiones y peleas.
En la base de esos sentimientos se encuentran mecanismos psíquicos que determinan nuestro comportamiento y que, si no tenemos en cuenta, nos pueden arruinar las vacaciones. Uno de esos mecanismos es el narcisismo de las pequeñas diferencias.
EL MITO DE NARCISO
En la mitología griega, Narciso era un joven con una apariencia bella, hermosa y llamativa. Todos los hombres y las mujeres quedaban enamorados de él, pero este los rechazaba. Para castigar a Narciso por su engreimiento, Némesis hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en un estanque. En una contemplación absorta, incapaz de separarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas.
Así pues, en términos generales, podemos decir que Freud llama narcisismo a la tendencia a la unidad de la imagen del Yo. Hay una pasión del Yo por ser único y diferente y, para sostener la unidad narcisística del Yo, se hace necesario fundarla en una diferencia respecto del otro.
En este proceso se instalan, con relación al otro, demasiado semejante a mí, la hostilidad y la agresividad.
EL NARCISISMO DE LAS PEQUEÑAS DIFERENCIAS
Podría resultar llamativo que, precisamente entre personas cercanas, padres o hermanos, familiares en general, surjan problemas por cuestiones aparentemente sin importancia, pequeños detalles que elevan el tono de la conversación de manera exponencial.
Pero es precisamente por esa cercanía por lo que el sujeto siente la necesidad de reafirmar su personalidad, sus ideas, su manera de concebir el mundo. Y esto produce comportamientos agresivos y hostiles hacia el otro que, en la mayoría de los casos, se comporta de manera similar, con lo cual se instala un círculo vicioso que no hace sino ir en aumento.
En Psicología de las masas y análisis del yo, Freud nos dice:
«En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, el otro, como modelo, objeto, auxiliar o adversario y, de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado.»
Esto quiere decir que no se puede diferenciar la psicología individual de la psicología social, pues en cada uno de nosotros, en la formación de nuestro psiquismo, están incluidas especialmente las relaciones con los padres, hermanos y la persona amada. Los seres humanos somos semejantes, pero diferentes. Y esta doble vertiente tiene que ver con el narcisismo.
Y precisamente por esa gran semejanza con los demás humanos, el narcisismo de las pequeñas diferencias viene a ser la necesidad del ser humano de afirmarse como distinto, rechazando o despreciando toda desavenencia con sus propias ideas.
Nos dice Freud: “En las aversiones y repulsas a extraños con quienes se tiene trato podemos discernir la expresión de un amor de sí, de un narcisismo que se comporta como si toda divergencia (…) implicara una crítica (…) No sabemos por qué existe tan gran sensibilidad a esas particularidades de la diferenciación, pero es evidente que en estas conductas de los seres humanos se da a conocer una predisposición hacia el odio, una agresividad cuyo origen es desconocido”.
Cuando dirigimos la hostilidad contra las personas amadas, se produce una ambivalencia afectiva, explicable por los numerosos pretextos que las relaciones muy íntimas ofrecen para el nacimiento de conflictos de intereses.
Por eso ocurre que casi toda relación íntima y prolongada entre dos personas, ya sea matrimonio, amistad, relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, tiene un componente de hostilidad que no es percibido, debido a la represión.
CÓMO NOS PUEDE AYUDAR EL PSICOANÁLISIS A DISFRUTAR LAS VACACIONES
No podemos calmar el hambre nunca, eso quiere decir que la angustia y la ansiedad no pueden desaparecer de la vida, pero sí podemos aprender a responder de forma diferente ante esos afectos.
La angustia es un sentimiento vital necesario que nos protege ante un peligro exterior e interior, sólo cuando se hace síntoma, es cuando debemos tratarla, si no es una compañera que está trabajando a favor del crecimiento y el desarrollo de la persona.
Hay que tener mucho cuidado con los excesos afectivos y emocionales, pues generan perturbaciones. Demasiado amor o demasiado odio son posiciones que en nada ayudan a las relaciones humanas, por el contrario, nos ciegan de manera que no vemos al otro que tenemos enfrente.
Pareciera ser que la unidad familiar pasa porque todos estén de acuerdo en todo, pero este tipo de unidad es del orden del sometimiento, la verdadera unión familiar es la que permite que sus miembros se desarrollen disparmente, bajo su elección, eligiendo su camino.
El orden familiar ha de tolerar las diferencias entre sus miembros, si no, la familia se convierte en un lugar incómodo y molesto en el que volcar grandes dosis de rebeldía e insatisfacción.
La terapia psicoanalítica es un instrumento eficaz para reconducir las relaciones con la familia, permitiendo al sujeto reconocer su propia hostilidad frente al otro, el deseo de imponer su manera particular de concebir la realidad.
Con psicoanálisis, podemos liberarnos de la tiranía que nos imponen esos sentimientos que, generalmente, somos incapaces de detectar sin ayuda.
Salud o enfermedad son una construcción de nuestros deseos. Los conflictos con lo familiar son uno de los obstáculos más comunes en todo proceso de crecimiento. El psicoanálisis nos ayudará a producir otra relación con esos lugares de la infancia que aún permanecen en nosotros.